Especial: 50 años sin Marilyn

lunes, 5 de agosto de 2013

Especial: 50 años sin Marilyn


El año pasado se cumplían los 50 años de la muerte de la actriz, y hoy para recordarla: 

LA MUERTE DE MARILYN MONROE


Nadie podía creerse que Marilyn, el mito erótico, la chica guapa y vulnerable que incluso caía bien a las mujeres, hubiese fallecido. Pasadas las cuatro de la mañana, hora de Los Ángeles, del ya domingo 5 de agosto de 1962, se daba aviso de que la diva yacía muerta en su cama, con el brazo extendido con la intención de agarrar el teléfono. La noticia no pudo darse hasta que la Fox dio su permiso. Terminaban así 36 años de vida que, por la trascendencia que continúa teniendo el personaje, casi parecen eternos. Como perpetuas resultan las hipótesis sobre que la actriz fue asesinada por su relación con los Kennedy y por lo que pudiese salir de su boca.

Aunque la autopsia señaló «probable suicidio» por ingestión de barbitúricos, las distintas teorías de la conspiración sobre el fallecimiento de la, paradójicamente, rubia inmortal no tienen visos de ser superadas. Incluso el forense que llevó a cabo el examen, el doctor Thomas T. Noguchi, en su libro 'Cadáveres exquisitos' (Maledicta) señala que aunque él determinó que la causa de la muerte había sido el suicidio, «muchas incógnitas preocupantes continuarán sin respuesta».


José Cabrera es también médico forense (tiene unas 1.000 autopsias a sus espaldas) y quiso responder esas preguntas en una investigación publicada recientemente con el título 'CSI Marilyn (caso abierto)' (Atlantis). ¿Conclusión? Que numerosos interrogantes tienen que seguir abiertos. Muchos de ellos, según su opinión, debido a los fallos que se cometieron en el escenario de la muerte (la triste habitación de la actriz en su apartahotel en el barrio angelino de Brentwood) y en la propia autopsia. «Todo fue un cúmulo de errores», señala Cabrera, quien destaca que en la habitación pudo entrar mucha gente, lo que destruyó pruebas, que se decidió apartar sorprendentemente a los agentes de guardia y, que según puede comprobarse en las fotos, «los botes de barbitúricos aparecen y desaparecen».
«Y luego el juez», apunta este médico, «que en vez de mandar el cadáver al depósito lo envía en primer lugar a la funeraria. Lo rescatan de allí cuando ya están a punto de embalsamarlo». La asistenta de Marilyn, Eunice Murray, se apresuró además a limpiar la estancia y ordenarla un poco antes de que entraran las personas ajenas a su entorno. «Yo lo he visto en pueblos, cuando vas a ver a un suicida alguien ya ha limpiado la habitación, pero no para ocultar pruebas, sino por la visita». Pero donde Cabrera aprecia los errores más llamativos es en la forma en la que Noguchi, entonces principiante, llevó a cabo la autopsia: «Las vísceras desaparecen y no tenemos con qué comparar la sangre. Y para un análisis toxicológico, si no comparas la sangre con lo que hay en hígado y riñones, la validez es sólo de un 50%».

 Fotografía del cadáver en su habitación

Portada de 'Los Angeles Times' que anuncia la muerte de la actriz. 

Radiografía del tórax.


Hasta ahí los principales desaciertos, aunque a este médico forense también le sorprendieron lo que el llama «oscuridades»: «Cuando el FBI desclasificó documentos sobre ella en 2011, nos enteramos de que la investigaba durante 24 horas al día. Es increíble que la actriz, por el simple hecho de ser, entre comillas, amante del presidente de EEUU, se convierta en objetivo de seguridad nacional». Las pesquisas, que detallaban todos sus movimientos y sus contactos, por nimios que fueran, comenzaron unos años antes cuando Marilyn se casó en 1956 con el intelectual próximo a la izquierda Arthur Miller: «Hoover [responsable en aquellos años del FBI] estaba obsesionado con el comunismo y era un paranoico. Pero hay que recordar que en el 62 estábamos al borde una guerra mundial con la crisis de los misiles. En aquella época un comunista para un estadounidense del 'staff' era un asesino en potencia».

Los últimos tiempos de la protagonista de 'Con faldas y a lo loco' no eran demasiado felices. Sus fracasos sentimentales y profesionales le habían sumido en una depresión y conocida era su dependencia de los fármacos (le recetaban dos doctores distintos y sin comunicación entre ellos) y de su psiquiatra, el respetado Ralph Greenson. Con él habló durante seis horas el sábado —día anterior a su muerte—, porque estaba muy abatida, y a él grababa cintas para contarle los pensamientos que no era capaz de decirle en persona. «La muerte pudo ser un accidente, porque tenía proyectos, dinero, era una mujer querida... Si tuviese que diagnosticar [Cabrera es también psiquiatra], diría que tenía un trastorno límite de la personalidad. Era una suicida potencial, pero no una suicida en esos momentos. El de Marilyn sigue siendo un caso abierto».


LOS HOMBRES DE SU VIDA

«Sola. Estoy sola. Siempre estoy sola. Sea como sea». Los versos de la mujer más triste del mundo, escritos en uno de sus cuadernos rescatados hace apenas dos años, desnudan a una Marilyn Monroe insegura; asustada. Siempre lo fue: la mujer más deseada de Hollywood nunca se quiso y buscó el consuelo en multitud de hombres. Pero no logró sacudirse la sensación de abandono. Ni sus tres maridos ni sus múltiples amantes —de los hermanos Kennedy a Elia Kazan pasando por Tony Curtis y Marlon Brando— lograron que fuese feliz.
El día de su boda con Joe DiMaggio, en 1954.

Marilyn buscaba la autoestima en otros. Quizás su complicada infancia, con un padre ausente, una madre desequilibrada, hogares de acogida y agresiones varias, hizo que el mito anhelase el abrazo protector de un hombre. Apenas tenía 16 años cuando se casó por primera vez. Era 1942 y el elegido, un obrero aspirante a policía llamado James Dougherty.  Ex capitán de fútbol y delegado de clase, tenía 20 años cuando empezó a salir con Norma Jean Baker. No conoció a Marilyn Monroe. Su familia había sido vecina de Grace Goddard, amiga de la madre de Norma Jean, que vivía entonces con ellos. «Iban a mudarse y decidimos casarnos para impedir que volviese a una casa de acogida. Estábamos enamorados», recordaría más tarde Dougherty. Así, el gran mito sexual se convirtió en ama de casa en una relación que, en apariencia, funcionaba, aunque algunas de sus cartas dejaron ver después que su marido era infiel.

Dougherty fue reclutado para la II Guerra Mundial y en su ausencia, la joven se convirtió en una modelo cotizada en Los Ángeles. Y buscó la compañía de otros hombres para mitigar la soledad que le angustiaba. Hollywood pronto la reclamó y ella tramitó un divorcio que se concretó en septiembre de 1946. Habían estado juntos cuatro años. Al volver a casa, Dougherty intentó convencerla de que volviese, pero ella se negó. Iba a convertirse en Marilyn. «Quería firmar un contrato con la 20th Century Fox en el que decía que no podía estar casada», contó Dougherty en 1984.

El día de su boda con Arthur Miller, en 1956. 
Su segundo gran hombre fue Joe DiMaggio, el jugador de béisbol con el que se casó cumpliendo el sueño americano de ver juntos a dos de sus mitos: el ídolo de los Yankees con la diva de Hollywood. Se casaron en 1954 —antes, el escritor Robert Slatzer asegura haber sido su esposo durante una semana en 1952, aunque no hay pruebas de ello—, pero el compromiso duró sólo nueve meses, pese a que siguieron viéndose durante años. El deportista, muy conservador, era incapaz de adaptarse a la vida de la estrella. Le parecía una ofensa que la deseasen más hombres y vivió históricos ataques de celos. Quería apartarla del espectáculo y guardarse toda su explosividad para él, pero ella no cedió. Que la amó lo demuestra el hecho de que durante los 20 años que siguieron a su muerte, envió un ramo de flores a su tumba tres veces por semana. La Parisien Florist, de Hollywood, tenía el emotivo encargo.

A Arthur Miller, el intelectual, el judío, le vio por primera vez en 1951, cuando ella tenía 25 años y él, diez más. Se casaron cinco años después —cuando aún se especulaba con una reconciliación con DiMaggio—, en una ceremonia en la que Marilyn se convirtió al judaísmo. Por aquel entonces, los medios ya habían creado una Marilyn superficial, adicta, sexy a rabiar, pero problemática y depresiva. El dramaturgo, ganador de un Pulitzer, quiso salvarla. Parecían felices, pero apenas tres años después el matrimonio encallaba y en 1960, Marilyn tuvo una sonada aventura con el francés Yves Montand cuando rodaban 'El multimillonario'

Marilyn Monroe y Arthur Miller estuvieron juntos hasta 1961. Fue quizás el hombre que mejor pudo entender el vacío que la asfixiaba, el más capaz de valorar su talento y hacérselo creer a ella, pero acabó agotado de esa personalidad enfermiza y la abandonó para marcharse con la fotógrafa Inge Morath, a la que conoció en el rodaje de 'Vidas rebeldes'. Paradojas de la vida, Miller había escrito para Marilyn esa historia en la que intentaba explicar sus contradicciones. «¿Puede un hombre sonreír cuando contempla a la mujer más triste del mundo?», le hizo decirle en la ficción a Gable.

Con James Dougherty, el 19 de junio de 1942

La lista de amantes de Marilyn fue interminable. Como Elia Kazan, descrito así en las cartas que escribió a su psiquiatra, el doctor Ralph Greensom, en 1961: «Me quiso durante un año, y una vez me acunó cuando tenía una angustia muy grande. Y me sugirió que me psicoanalizara». También Marlon Brando quiso cuidarla. Le conoció antes de que fuesen estrellas y mantuvieron una relación intermitente durante años. Quizás fue siempre más amigo que amante y la defendió a muerte cuando la industria empezó a rechazarla por el suplicio que suponía trabajar con el huracán autodestructivo hacia el que derivaba. 
Con Tony Curtis también tuvo una historia que iba y venía. Durante ocho años. Y según el propio actor, incluyó un aborto involuntario. La relación comenzó en 1950 y se reactivó en el rodaje de 'Con faldas y a lo loco'. Marilyn estaba casada con Miller y Curtis con Janet Leigh —la actriz asesinada en 'Psicosis'—, que estaba además embarazada, pero eso no impidió que Tony y Marilyn 'recayesen'. Según ha contado Curtis en sus memorias, ella se quedó embarazada y perdió el bebé poco después de reunirle en una habitación con su marido para contárselo. «Me quedé ahí petrificado. Se hizo el silencio y podía oír el ruido de las ruedas de los coches chirriando en Santa Mónica», describió. Aunque no se ha confirmado, lo cierto es que el actor nunca ha sido cariñoso con la memoria de Marilyn y ha aireado sin pudor intimidades.

Marilyn Monroe en una fiesta con Tony Curtis en 1955.
Ríos de especulación ha desatado también las aventuras que mantuvo con los Kennedy, John y Robert; documentada en los archivos del FBI y la CIA, preocupados por la amistad de Marilyn con comunistas de Hollywood y por los secretos que pudiese saber del presidente. Existe un informe de 1965 que habla de «fiestas sexuales» con los Kennedy, Monroe, Sammy Davis Jr. y Frank Sinatra, otro de sus amantes fieles durante años. De su relación con el entonces presidente de los EEUU hay pocas pistas. Algunas voces cuentan que él no paró hasta tenerla en su cama y después se desentendió, mientras las más conspirativas añaden que los servicios secretos y los propios Kennedy se encargaron de borrar las pistas. Hay todo tipo de versiones de esta relación, pero no hay testigos. Lo que sí hemos visto todos, y no olvidamos, es ese cumpleaños feliz en el Madison Square Garden, el 19 de mayo de 1962. Tres meses más tarde la diva fallecía en California.

Trabajando con Yves Montand en 1960

Marilyn sufrió sola y sufrió junto a sus hombres. Ella misma dijo que una estrella era un objeto. Y detestó serlo. Sola. Siempre se sintió sola. Hasta su trágica muerte.


MARILYN COMO ICONO



«Es triste, pero parece que siempre nos atraen más los personajes desdichados que los felices». Con estas palabras, Marta Rivera de la Cruz, autora de 'Tristezas de amor', pretende explicar cómo Marilyn Monroe, 50 años después de su desaparición, está más viva que nunca. Su cabellera rubia, su vaporoso vestido blanco o, incluso, aquel lunar que Andy Warhol supo plasmar con singular acierto en sus composiciones artísticas, se han convertido en los signos distintivos de uno de los iconos culturales más importantes de todos los tiempos.

Actrices, cantantes, modelos y un sinfín de celebridades más han querido en algún momento ponerse en la piel de Norma Jean Baker. Y es que, si Madonna se inspiró en el número musical de 'Diamonds Are a Girl's Best Friend' para su videoclip 'Material Girl', Scarlet Johansson, Angelina Jolie, Lindsay Lohan, Britney Spears, Rihanna, Nicole Kidman, Christina Aguilera, Charlize Theron, Gwen Stefani, Kate Moss, Jessica Simpson, Paris Hilton, Naomi Watts, Lisa Marie Presley o Kylie Minoge son otras de las divas —y hay muchas más— que han reencarnado a la protagonista de 'Los caballeros las prefieren rubias'.


Una de las últimas en unirse a esta larga lista ha sido Michelle Williams, que ha dado vida a la actriz en 'Mi semana con Marilyn' y fue nominada al Oscar por su interpretación. La propia Williams desveló que, en su adolescencia, un póster de Marilyn adornaba una de las paredes de su habitación. Y es que estamos ante un símbolo que no conoce de épocas ni de fronteras. Marilyn sigue siendo hoy todo un icono, incluso en el mundo de la publicidad. Tal y como expone Vicent Garel, responsable de la reciente campaña de Dior en la que Charlize Theron aparece acompañada de grandes musas del cine como la propia Marilyn, es precisamente esta «universalidad» la que hace a la desaparecida actriz idónea para promocionar la prestigiosa marca: «Estamos ante un potente icono porque, en un mundo cada vez más fragmentado, ella es una figura reconocible. Se identifica en países y culturas que son muy diferentes y con historias muy distintas. Su imagen es uno los pocos símbolos culturales que puede compartir todo el planeta». 

Belén López Vázquez, autora de 'Publicidad emocional', explica cómo Marilyn y otros famosos como James Dean o Elvis Presley salieron del anonimato y, gracias a los medios de comunicación, pasaron a la Historia: «Al tratarse de un personaje tan famoso, es capaz de generar una enorme confianza. Es un gancho para el consumidor por la cercanía que transmite». Pero Marilyn es algo más que una cara bonita, y es ese algo lo que la hace tan especial: «Ella es capaz de despertar sentimientos y por eso su imagen vale más que mil palabras, porque son las imágenes emotivas las que mejor se registran en el cerebro y las que mejor se recuerdan», añade.

Ese mismo recuerdo es el que mantiene a Marilyn eternamente joven. «Pase lo que pase, siempre seguirá siendo sexy», asegura Mencía de Garcillán, autora de 'Marketing y Cosmética' y directora del Departamento de Marketing de Laboratorios Esseka. «Por muchos años que pasen, un personaje de tanta belleza y sensualidad siempre será una gran prescriptora». Además, tal y como explica esta profesora de la Universidad Complutense, otro de los valores con tendencia al alza que posee Marilyn es «la nostalgia», que permite que las marcas se vuelvan «atemporales, siempre reconocibles y con valores que superen los cambios de moda».

Pero, ¿qué habría pasado si Marilyn no hubiera muerto tan joven? José Cabrera, escritor y médico forense autor de 'CSI: Marilyn', tiene muy clara su postura: «Si hoy tuviera los 86 años que debería, retirada en alguna mansión de Los Ángeles, no sería lo mismo. La muerte súbita, abrupta y misteriosa en un momento crucial de su vida personal la hizo eterna. Este halo de misterio romántico es el que la ha hecho inmortal». Algo parecido piensa Marta Rivera de la Cruz, convencida de que, en torno a esta actriz, siempre hubo ciertas dosis de «malditismo» que contribuyeron a que su figura nunca cayera en el olvido. «Cualquier artista que muere joven se convierte en una pieza de leyenda. En el caso de Marilyn, a la hora de convertirse en un mito, además de su físico explosivo y rotundo, también contribuyó el hecho de que ella sentía que estaba predestinada a la desgracia», afirma. Y, probablemente, ella no imaginó que, décadas después, seguiría siendo tan recordada. «Por su extracción humilde, por su vida de niña y de adolescente y por todo lo que se fatigó, dudo que ella pensase que se iba a convertir en un mito», asegura Ignacio Carrión, autor de 'Buscando a Marilyn'.


Esta conversión de mujer a icono eterno es la responsable de que podamos encontrarnos con Marilyn al doblar cualquier esquina: «Estamos ante un mito absolutamente trágico: nos purgamos de nuestros terrores a través de la emoción y ante el espanto de la vida de esa pobre actriz. El paso de mujer a símbolo es como un ritual de sacrificio humano, ya que nuestra necesidad de mitos trágicos para explicarnos nuestra vida o purgar nuestro miedo crea esos mitos y luego los destroza», afirma Rafael Reig, autor de una de sus autbiografías.
¿Conocerá el mundo algún día otra Marilyn que deje una huella imborrable? Rivera de la Cruz tiene sus dudas: «No creo que ningún famoso contemporáneo tenga algún día la misma relevancia. La televisión ha desmitificado a las novias del cine. Antes, los actores eran seres maravillosos e inalcanzables. Hoy entran en nuestros salones, y eso les quita ese aura. ¿Cuándo podríamos haber visto a Marilyn con una coleta, un pantalón corto o unas zapatillas de deporte?». José Cabrera afirma lo mismo con rotundidad: «No creo que nadie arrastre hoy en este mundo mediocre la fuerza que Marilyn tenía, ni dejar esa huella mágica que dejó».

¿Desaparecerá el espíritu de Norma Jean algún día de nuestra memoria? Para Reig, «nada está a salvo del olvido. Cuando les dejemos en paz, Marilyn y Shakespeare, por fin olvidados y a salvo, se tomarán juntos una botella de champán, seguro. Y quizá la compartan con el Che Guevara».

MARILYN VS. MARILYN

Cuentan que cuando el brillante, neurótico y homosexual reprimido (la descripción es de Donald Spoto) Joshua Logan recibió el encargo de dirigir a Marilyn Monroe en 'Bus Stop', lo único que salió de su boca fue un sonoro «¡Pero si no sabe actuar!». El director no hacía sino verbalizar lo que todo el mundo daba por hecho. Incluida la propia Marilyn, siempre acosada por sus inseguridades, sus miedos y, lo peor de todo, sus psicoanalistas. Y sin embargo, cuando la voz grave de terciopelo de Cherie, a la que encarna en la película, emerge insegura por encima de los ruidosos modales de los borrachos tabernarios, no queda otra que rendirse a la evidencia; la limpia presencia de una actriz a la altura exacta de su mitología. Y ya es.

Jean Hagen, Sterling Hayden y Marilyn Monroe, en 'La jungla de asfalto'

Monroe canta 'That Old Black Magic' y lo tiene que hacer mal porque así lo dice el guion. Así lo dicta una historia que coloca a su personaje en un sitio altamente inestable; un personaje, también aspirante a artista, enfermo de unas pretensiones que jamás podrá alcanzar. Y nada más complicado que retratar con perfección el dolor quebradizo de lo imperfecto. De golpe, las esperanzas de Cherie se quiebran ante la contundencia de todo lo real. Y detrás, Marilyn; Marilyn ofrecida a la audiencia con toda su hiriente fragilidad. De repente, su trabajo se antoja herida. Y, claro, duele. Sólo lo que hace daño importa.


Por primera vez, y de forma mucho más evidente que en la convulsa 'Niágara', su primer papel de importancia, el mundo descubría que MM era una mucho más que una simple actriz. «Por fin disipa, de una vez por todas, la idea de que no es más que una personalidad fascinante», escribió la prensa del momento. El propio Lee Strasberg, fundador de la mítica mística del Actors Studio, dejó dicho que, después de trabajar con cientos de actores y actrices, sólo había dos que destacaban por encima de los demás: «Marlon Brando y Marilyn Monroe».

Y pese a todo, pese a los halagos de los críticos o la incontestable evidencia de la pantalla, de ella queda simplemente, por encima de cualquier consideración, el irresistible y hasta cómico encanto de su torpeza. La crónica de sus equivocaciones es larga. Tras 'Con faldas y a lo loco', Billy Wilder la calificó de «imposible... no sólo difícil». Y añadía: «El producto final valió la pena... pero en ese momento no estábamos seguros de que fuera a existir un producto final».

Su compañero Jack Lemmon recordaba cómo, para desesperación de todos, Marilyn mandaba callar al director en el momento de dar las instrucciones bajo una excusa difícilmente más brillante: «Calla u olvidaré lo que me has dicho». Y Tony Curtis, directamente, hizo famoso aquello de que besarla era como hacerlo con Hitler. ¿Volvería a trabajar con ella?, le preguntó un periodista al director de 'La tentación vive arriba'. «He hablado de esa posibilidad con mi médico y mi psiquiatra, y ellos dicen que soy demasiado viejo y rico para pasar otra vez por eso».

Dos años antes del trabajo con Wilder, en 1956, viajó a Londres para rodar de la mano de Lawrence Olivier 'El príncipe y la corista'. La larga serie de despropósitos que guiaron un rodaje cerca de la pesadilla (la escena más sencilla tenía que ser repetida hasta las lágrimas, lo que exigía una nueva sesión de maquillaje) quedó de sobra reflejada en 'Mi semana con Marilyn', que protagonizó en 2011 Michelle Williams. Y de nuevo Wilder: «En vez de al Actors Studio tendría que haber ido a una escuela de ingeniería para aprender algo de llegar a tiempo a los sitios».

Por aquel entonces, Marilyn vivía literalmente sepultada por la inestabilidad de su propio mito. Tras reemplazar a Natasha Lytess por Paula Strasberg como mentora y guía, su relación con Arthur Miller literalmente ardía. Y no sólo en las portadas de las revistas. Ya hacía tiempo que vivía enganchada a una montaña rusa de sedantes, excitantes y viceversa. Y en medio, una actriz. Enorme y siempre puesta en duda. «Cualquiera puede recordar un diálogo, pero es necesario ser un auténtico genio para salir al plató sin saber el diálogo y hacer la interpretación que ella hizo!». Otra vez Wilder, pero rendido a la evidencia.

Rodaje de 'Vidas rebeldes'

Pasara lo que pasara, pasó la vida entera peleando contra precisamente lo que la hizo ser lo que fue. Sus trabajos 'mínimos' al lado de directores ‘máximos’ como John Huston ('La jungla de asfalto'), Joseph L. Mankiewicz ('Eva al desnudo'), Howard Hawks ('Me siento rejuvenecer') o Fritz Lang ('Class By Night') la habían convertido en el secreto peor guardado de Hollywood. Ella era la actriz a descubrir, a amar. Cuando aparecieron las fotos del calendario en las que posó desnuda en 1949, el huracán Marilyn ya era imparable.

Y lo era incluso antes de que se anunciara su matrimonio con la estrella del béisbol Joe DiMaggio o que convirtiera cada comparecencia ante la prensa en un espectáculo de ingenio. «¿Es verdad que no llevaba nada encima ('on', en inglés) cuando posó?». «I had the radio on [la radio encendida ['on'] es lo que llevaba]», fue su contestación justo antes de anunciar que dormía solamente con, en efecto, Chanel Nº 5. Y otra: «Qué frase pondrá en su lápida?». Respuesta: «Marilyn Monroe, rubia... 94-58-92»


El 12 de marzo de 1956 abandonaba el nombre de pila de Norma Jeane Mortensen, convencida de que el de Marilyn Monroe era con el que se había reconstruido pieza a pieza. Antes, en enero de 1955, la rubia de 'Los caballeros las prefieren rubias' había creado su propia compañía (Marilyn Monroe Productions Inc.) para huir de sí misma y de su imagen, para convencerse, a ella y a los demás, de que era o podía ser actriz. Para, en definitiva, elegir mejores papeles y descubrir y descubrirse que era actriz antes incluso que mito.

Probablemente no lo consiguió y toda su vida quedó definitivamente condenada en el diálogo de una de sus primeras películas junto a los hermanos Marx, 'Amor en conserva'. Entra Marilyn en una agencia de detectives y dice: «Me persiguen los hombres». «¿No me diga?», contesta puro en mano Groucho y, tras examinar a su posible cliente, contesta: «Me cuesta entender por qué». Y en la mirada, entre la admiración y algo peor, se escapa quizá una vida entera.

Cuando Arthur Miller, como guionista y marido, en compañía de un ludópata-borracho-genial como John Huston, le preparó el papel de Roslyn Taber en 'Vidas rebeldes', el destino de MM quedaba donde quedan los destinos cuando se sellan. Roslyn no es otra cosa que un retrato cruel, desangrado y feroz de la propia Marilyn; construido con todo el odio del que el rencor de una pareja en proceso de canibalismo es capaz. Y es mucho. En mitad del desierto de Nevada, tres individuos (Clark Gable, Montgomery Clift y ella) se debaten contra las grietas y heridas de una vida, definitivamente, inútil. Inútil y cruel. «Nada vive a menos que algo muera», se oye en la cinta escrita en la misma alcoba de la protagonista. Y de nuevo, la interpretación de Monroe es excepcional. Muy por encima de cada línea de un guion petulante y enfermo de importancia.

En 13 años, Marilyn firmó apenas 29 películas con una docena de papeles importantes. Y ni una de las cintas estuvo a la altura excepcional de la actriz que fue. Aunque sí, quizá, del mito. Escribe Donald Spoto en la biografía de la actriz que, en una ocasión, Henry Hathaway, con el que había rodado 'Niágara', se encontró con ella tras concluir 'Vidas rebeldes'. «Durante toda mi vida», le dijo llorando, «he hecho el papel de Marilyn Monroe. He intentado hacer lo mejor, y descubro que lo que estoy haciendo es una imitación de mí misma. ¡Deseo tanto hacer algo distinto!».

Billy Wilder dirigió a Tony Curtis, Monroe y Jack Lemmon en 'Con faldas y a lo loco

Si uno pasea por el diminuto, y acosado por los rascacielos, cementerio de Westwood en Los Ángeles no es difícil localizar el nicho de Marilyn. A media altura, alineado entre nombres anónimos, destaca una lápida cubierta de besos. Literalmente. El rito, turístico y mitómano, consiste en dejar el carmín de los labios sobre la piedra. De repente, la imagen ridícula y perfecta de la condena de ser Marilyn más allá de Marilyn.

FUENTE: EL MUNDO



Medio siglo después de su muerte, Marilyn Monroe parece más viva que nunca. El próximo 5 de agosto se cumplirán 50 años desde que el cuerpo sin vida de la actriz de 36 años fuera encontrado en la cama de su casa de Los Ángeles a causa de una sobredosis de barbitúricos, en circunstancias nunca esclarecidas.

Ese día murió la sex symbol pero nació un mito que, lejos de marchitarse, se ha mantenido vigente. Este año, incluso, se ha fortalecido, con nuevos libros, canciones, películas, fotografías inéditas y subastas de artículos de Marilyn. Pero desde 1962 no han parado de publicarse, editarse o filmarse biografías, imágenes, o biopics sobre la malograda estrella. La leyenda vende cuando alguien, como Norma Jeane, ocupa un lugar de honor en el panteón de la cultura de los últimos sesenta años.


 El homenaje ya ha comenzado. El año pasado Lady Gaga se adelantó y emuló el famoso Happy bitrthday Mr. President —canción que Marilyn dedicó el 19 de mayo de 1962 al entonces presidente de Estados Unidos John F. Kennedy— con ocasión del 65 cumpleaños de Bill Clinton. Madonna la evocó en su reciente vídeo Give me all your luvin, y en febrero pasado, Michelle Williams rozó el Oscar a la mejor actriz por su interpretación de la diva en Mi semana con Marilyn, una película sobre el rodaje de El príncipe y la corista en 1956.
En Estados Unidos, los lunes por la noche la cadena NBC hace su particular homenaje con la serie Smash, que narra la lucha de dos actrices por interpretar a Marilyn en un musical de Broadway sobre su vida. Es una serie, producida por Steven Spielberg y protagonizada por Anjelica Huston, que cada semana ve una media de siete millones de espectadores.


De todos los fastos que se rendirán en honor a la protagonista de Con faldas y a lo loco o Niágara, el que sin duda más halagaría a la actriz es la decisión del Festival de Cannes de elegirla para el cartel oficial de su 65º edición. A partir del 16 de mayo, La Croissette, el elegante paseo marítimo de la ciudad, que jamás pisó la estrella porque nunca fue invitada por la organización, se cubrirá con la imagen de la estella en blanco y negro soplando una vela. Solo Marilyn podía soplar una vela y hacer de ello un ejercicio de seducción y sensualidad.
Además de películas, series y carteles, la Galería Getty de Londres exhibirá hasta 23 de mayo una serie de fotografías, vestidos y vídeos inéditos de la actriz. Otra exposición similar de 126 obras de Andy Warhol o Henri Cartier-Bresson sobre Marilyn se puede visitar ahora en el Museo Nacional de Cinematografía de Sao Paulo (Brasil). A lo largo del año, la muestra se trasladará a otros países.


También se reeditarán libros, como Blonde, la biografía de casi 1.000 páginas sobre la rubia inmortal  escrita por la novelista Carol Joyce Oates, y se publican otros como Marilyn, sin olvidar una recopilación de fotografías de la actriz tomadas por Bruno Bernard. Además, en octubre, la firma de cosméticos MAC lanzará una edición limitada de productos inspirados en ella.
Con 36 años, Marilyn no tuvo tiempo de perder su voluptuosa silueta o envejecer. Pero su belleza no es la única responsable de perpetuar el mito. La actriz es un icono por todo lo que es capaz de sugerir: misterio, vulnerabilidad, melancolía, incomprensión, sexualidad, seducción, romance, poder, tragedia… Atributos que han hecho que Marilyn no haya pasado de moda. Este año lo estará más que nunca.


En 1954, con 28 años, Marilyn Monroe decidió escribir sus memorias. Recién casada con el jugador de beisbol Joe DiMaggio y en lo más alto de su popularidad, la actriz quería aclarar en primera persona las historias que circulaban sobre su infancia y adolescencia. El libro 'My story', publicado en España por Global Rhythm, quedó oculto en un cajón hasta doce años después de su muerte. Fuente directa de recuerdos y pensamientos de una mujer adelantada a su tiempo que nada tenía que ver con la rubia atolondrada que la había hecho célebre, el libro no solo recorre su biografía en primera persona sino que destila ese temblor tan característico de la actriz. Su infancia de mano en mano por culpa de una madre sin recursos, económicos primero, y mentales después; la violación de la que fue víctima de niña o su incesante búsqueda de una figura paterna sólo marcan el descarnado camino hacia un destino que ella misma intuyó en estas páginas: “Sí, había algo especial en mí y sabía de qué se trataba. Yo era el tipo de chica a la que encuentran muerta en su dormitorio con un frasco de somníferos en la mano". Este es un repaso a su vida a través de la voz que ella dejó en ese libro.


“Las personas que yo creía mis padres tenían hijos propios. No eran mezquinos, simplemente eran pobres. No tenían mucho que ofrecer a nadie, ni siquiera a sus hijos, y no quedaba nada para mí. Tenía siete años, pero me tocaba trabajar en la casa. Lavaba platos, fregaba suelos y hacía recados. Mi madre apareció al día siguiente. Era una mujer muy guapa que nunca sonreía. La había visto a menudo, pero no sabía exactamente quién era. Cuando le dije 'Hola, mamá', me miró. Nunca me había dado un beso, nunca me había sostenido en sus brazos y apenas me había hablado. Por aquel entonces no sabía nada de ella, pero años más tarde me enteré de bastantes cosas. Cuando ahora pienso en ella, el corazón me duele el doble de lo que me dolía cuando era una chiquilla. Me duele por las dos".


"Había un objeto en el apartamento de mi madre que siempre me fascinó. Se trataba de una foto colgada en la pared. No había otras imágenes en las paredes, sólo esta fotografía enmarcada. Siempre que iba de visita permanecía de pie mirando esa foto y conteniendo la respiración por miedo a que me ordenara que dejase de mirar. Había descubierto que la gente siempre me ordenaba que dejase de hacer lo que me gustaba. Esa vez me sorprendió mirando la foto, pero no me riñó. Por el contrario, me subió a una silla para que pudiera verla mejor. —Es tu padre —me dijo. Sentí tal emoción que casi me caí de la silla. Tener un padre, poder mirar su retrato y saber que yo le pertenecía era una sensación deliciosa. ¡Qué maravillosa fotografía! […] Fue mi primer momento de felicidad: encontrar la fotografía de mi padre. Siempre que recordaba cómo sonreía y la manera como se ladeaba su sombrero sentía cariño y no me sentía sola. Un año después de ver aquel retrato empecé a reunir un álbum de recortes y puse en él una foto de Clark Gable porque se parecía a mi padre, especialmente en la manera de llevar el sombrero y en el bigote".




"Mi madre encontró otra pareja para que se ocupara de mí. Eran ingleses y necesitaban los cinco dólares semanales que iban conmigo. Además, yo era muy alta para mi edad y podía trabajar mucho. Un día nos visitó mi madre. Estaba en la cocina lavando platos. Permaneció de pie mirándome sin hablar. Cuando me volví, observé lágrimas en sus ojos y me sorprendió. —Voy a construir una casa para las dos —dijo—. Estará pintada de blanco y tendrá un patio detrás. Luego se fue. Era cierto. Mi madre se las arregló para conseguirlo, ahorró y pidió un préstamo. Construyó una casa. La pareja de ingleses y yo fuimos a verla. Era pequeña y estaba vacía, pero era hermosa y estaba pintada de blanco. Nos mudamos los cuatro".

Norma Jeane junto a su madre, Gladys Baker, en 1929 

"Más adelante descubrí qué era el sexo sin hacer ninguna pregunta. Casi tenía nueve años y vivía con una familia que alquilaba una habitación a un tipo llamado Kimmel. Era un hombre de aspecto serio: todos lo respetaban y lo llamaban señor Kimmel. Pasaba un día por delante de su cuarto cuando se abrió la puerta y me dijo con tranquilidad: —Pasa, Norma, por favor. Creía que iba a pedirme algún encargo. —¿Dónde quiere que vaya, señor Kimmel? —pregunté. —A ningún sitio —dijo cerrando la puerta; me sonrió y echó la llave—. Ahora no puedes salir —añadió como si estuviéramos jugando"


Marilyn en 1933, en una granja

"Finalmente decidí que los chicos me perseguían porque era huérfana y no tenía padres que me protegieran o los ahuyentaran. Esta idea hizo que me volviera más fría con la cola de admiradores. Pero ni la frialdad ni el desdén ni el 'vete de aquí', el 'no me molestes', el 'no tengo la más mínima intención de besarte con los labios abiertos', ninguna de mis actitudes glaciales cambiaron el panorama. Los muchachos siguieron acosándome como si fuera un vampiro con una rosa entre los dientes. Las chicas eran otro problema, pero un problema que podía comprender. Con los años sentían cada vez más aversión hacia mí. Ya no me acusaban de robar peines, centavos o collares, ahora me acusaban de robar hombres. Tía Grace propuso una solución para mis penas: —Deberías casarte —me dijo. Me casé con Jim Dougherty. Fue como retirarse a un zoológico. El primer efecto que tuvo el matrimonio sobre mi persona fue el de aumentar mi desinterés por el sexo. Mi marido no se preocupaba o no se daba cuenta. Ambos éramos demasiado jóvenes para discutir abiertamente un tema tan embarazoso. De hecho, nuestro matrimonio fue una especie de amistad con privilegios sexuales. Más tarde descubrí que los matrimonios suelen ser eso, y que los maridos tienden a ser buenos amantes sólo cuando engañan a sus esposas. […] Lo más importante que conseguí con mi matrimonio fue acabar para siempre con mi condición de huérfana. Estoy agradecida a Jim por ello. Fue el paladín que me salvó de la falda azul y la blusa blanca".



:James Dougherty y Marilyn Monroe el día de su boda, en 1942 en Los Angeles


"El mismo instinto que conduce a un pato hasta el agua me llevó a los estudios fotográficos. Conseguí trabajo posando para anuncios y folletos publicitarios. El problema más serio era que también los fotógrafos buscaban trabajo. Encontrar un fotógrafo que me quisiera como modelo resultaba fácil, lo difícil era encontrar uno que me pagara con algo más que promesas. Pero conseguí el dinero suficiente para pagar el alquiler y una comida al día, aunque ésta en ocasiones era más bien escasa. Pero no importaba. Cuando eres joven y estás sana, un poco de hambre se puede soportar. Lo insoportable era estar sola. Cuando eres joven y estás sana, la soledad puede parecer más grave de lo que es. Cuando contemplaba la noche de Hollywood pensaba: 'Debe de haber miles de muchachas tan solas como yo que sueñan con convertirse en estrellas de cine. Pero no voy a preocuparme por ellas. Yo sueño más que nadie'. No hay que saber algo para soñar mucho. No sabía nada de interpretación. Nunca había leído un libro sobre el tema ni había intentado hacerlo ni lo había comentado con nadie. Me avergonzaba contarles mi sueño a las pocas personas que conocía. Les decía que esperaba ganarme la vida como modelo. Me dirigí a todas las agencias de modelos y encontré algunos trabajos. Cuando recuerdo aquel Hollywood desesperado, embustero y pedigüeño que conocí hace tan sólo unos años, me entra un poco de nostalgia. Era un lugar más humano que el paraíso primero soñado y luego encontrado. La gente que lo poblaba, los impostores y los fracasados, resultaban más llamativos que los hombres ilustres y los artistas famosos a quienes conocería muy pronto. Incluso los sinvergüenzas que me engañaban y me tendían trampas, me parecen personajes agradables y tiernos. Entre ellos estaba Harry, el fotógrafo, que me fotografiaba cuando tenía dinero para comprar los carretes de su cámara".

Marilyn en un retrato de 1947 

"—Vi tu fotografía el otro día —dijo. —¿De qué película era? —pregunté. —No era una película —respondió—. Era una fotografía tuya en la página de deportes. Recordé la fotografía. El estudio me había mandado en una gira publicitaria a Pasadena donde cierto equipo de Chicago llamado The Sox se estaba entrenando para estar preparados para la sesión de béisbol del Este. Llevaba unos pantalones bastante cortos y un sujetador y los jugadores me subieron por turno en sus hombros y jugaron a cargar conmigo en sus espaldas mientras los del departamento de publicidad tomaban fotografías. —Imagino que te habrán hecho fotografías en giras publicitarias un montón de veces —le dije. —No exactamente —respondió DiMaggio—. La mejor fotografía que me han hecho en la vida ha sido con Ethel Barrymore o con el general MacArthur. Tú eres más guapa. La afirmación me hizo un efecto extraño. Había leído hojas y hojas acerca de mi buen aspecto y docenas de hombres me habían dicho que era bella. Sin embargo, era la primera vez que mi corazón había dado un brinco al oírlo. Sabía lo que esto significaba y empecé a tontear. Empezaba algo entre DiMaggio y yo. Siempre era bonito cuando algo empezaba, siempre era excitante. Pero siempre acababa siendo aburrido. Empecé a sentirme tonta conduciendo por Beverly Hills como un gato que merodeara".


Joe Dimaggio y Marilyn Monroe el día de su boda en 1954 
"La virtud de una chica es mucho menos importante en Hollywood que su peinado. Se te juzga por tu aspecto, no por lo que eres. Hollywood es un lugar donde te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma. Lo sé porque rechacé la primera oferta bastante a menudo y cobré siempre los cincuenta centavos". "—Querida señorita —dijo—. Venga y siéntese a mi lado. Era una voz encantadora, algo acolchada por el alcohol, pero muy distinguida. Me volví y vi a un hombre sentado en la escalinata. Tenía una copa en la mano. Su cara no era menos sardónica que su voz. —¿Se refiere a mí? —le pregunté. —Sí —dijo—. Perdone que no me ponga de pie. Me llamo George Sanders. —¿Cómo está usted? —le pregunté. —Imagino que también usted tiene un nombre —dijo frunciendo el ceño. —Soy Marilyn Monroe —le dije. —Me perdonará por no haber oído su nombre antes —dijo Sanders—. Siéntese... a mi lado. ¿Puedo tener el honor de pedirle que se case conmigo? —añadió con solemnidad—. El nombre, por si se le ha olvidado, es Sanders. Le sonreí y no respondí. —Naturalmente tiene ciertos reparos en casarse con alguien que es no sólo un extraño sino también un actor —dijo—. Puedo comprender sus dudas... sobre todo considerando lo segundo. Un actor no es exactamente un ser humano... pero en el fondo, ¿quién lo es? De pronto, la cara atractiva y mordaz de Sanders me miraba fijamente".




"Nunca he podido sentirme atraída por un hombre que tuviera una dentadura perfecta. Un hombre con dientes perfectos siempre me ha hecho sentir extraña. No sé a qué se debe, pero tiene cierta relación con los hombres que he conocido y tenían dientes perfectos. No eran tan perfectos en todo lo demás. Hay otro tipo de hombre que nunca me ha gustado: el tipo al que le asusta ofenderte. Siempre acaban ofendiéndote de una manera peor que cualquier otro. Prefiero que un hombre sea un lobo y, si ha decidido insinuarse conmigo, que lo haga y acabe con ello". "El mayor inconveniente en el trato con hombres es que son demasiado parlanchines. No me refiero a intelectuales, que tienen muchas ideas e información acerca de la vida. Siempre resulta delicioso oír a estos hombres porque no fanfarronean. Los hombres que hablan por los codos y me aburren son los que hablan de su propia persona. Algunas veces se limitan a fanfarronear abierta e ininterrumpidamente. Se pasan una hora contándote lo muy ingeniosos que son y lo muy estúpida que es la gente que los rodea"

Marilyn Monroe and Arthur Miller en Connecticut. 


"Pero no todo era completamente negro... aún no. En realidad nunca lo es. Cuando eres joven y gozas de buena salud, el lunes puedes planear suicidarte y estar riendo de nuevo el miércoles. Después de unos cuantos días sintiéndome una desgraciada pensando que era un fracaso, algo venía nuevamente a mi corazón. No podía decirlo en voz alta, pero eran como voces que me estuvieran hablando: «Levántate, aún no has empezado, eres distinta, algo maravilloso te sucederá». Y en verdad sucedían cosas maravillosas en el fondo del mar... a pequeña escala".


La actriz hablando con los hermanos Robert F. y John F. Kennedy (1962)


"Tengo muchos hábitos sociales malos. La gente siempre me está dando lecciones a este propósito. Invariablemente llego tarde a las citas, en ocasiones con un retraso de dos horas. He intentado cambiar mi manera de ser, pero lo que me hace llegar tarde es algo fuerte... y demasiado agradable. Cuando debo ir a cenar a alguna parte a las ocho, me quedo tendida en la bañera durante una hora o más. Llegan las ocho y todavía sigo en la bañera. Voy echando perfumes en el agua y dejando que se vacíe el agua y llenando de nuevo la bañera con agua limpia. Olvido que son las ocho y mi cita para cenar. Sigo pensando y sintiéndome muy lejos. A veces conozco la verdad de lo que estoy haciendo. No es Marilyn Monroe la que está en la bañera sino Norma Jeane. Estoy dándole gusto a Norma Jeane. Solía tener que bañarse en el agua que habían utilizado seis u ocho personas. Ahora puede bañarse en agua tan limpia y transparente como el cristal. Y parece que Norma no tenga nunca suficiente agua limpia que huele a verdadera colonia".


Fotograma de 'Vidas rebeldes', su última película de 1962.
fuente EL País.



MARILYN, MUSA DEL POP

Marilyn Monroe enamoró a todo objetivo con el que se cruzó en su camino. El cine y la fotografía adoraban a la angelical rubia, pero no fueron los únicos medios artísticos que se valieron, se valen y, muy probablemente se valdrán de su imagen como fuente de fascinación estética  y motivo de introspección cultural y social.

Desde los icónicos grabados que Andy Warhol realizó en los años sesenta hasta las satíricas obras contemporáneas de Ron English, las recreaciones que se han realizado con la imagen de la actriz como inspiración en las artes plásticas son innumerables. Y muchas plantean la cuestión  y ponen de relevancia el mayor papel que Marilyn jamás representó: el de icono pop en la era del consumismo y la mitificación de los rostros públicos.

La propia diva, además de musa del arte fue ella misma artista. En 1962 pintó un cuadro para el presidente estadounidense John Fitzgerald Kennedy que, a pesar de que nunca llegó a manos de su destinatario, se vendió en subasta en 2005 por casi 55.000 euros. Un deslumbramiento casi patológico reviste la esencia de la personalidad y la materialidad de una intérprete cuya influencia pervive mucho más allá del cine. Y del propio arte.

MARILYN EN LA LITERATURA

Una tarde, mientras contemplaban el puente de Brooklyn desde la orilla de Manhattan, Marilyn Monroe puso a su amigo Truman Capote entre la espada y la pared: “Si alguna vez te preguntaran, cómo era yo, cómo era Marilyn, en realidad, ¿Qué contestarías?”. Su tono era juguetón e inoportuno, pero grave. “Apuesto a que dirías que era una palurda”, añadió la actriz antes de que el escritor abriera la boca. “Por supuesto”, contestó el periodista, “pero también diría…”. Al autor de A Sangre fría se le entrecortó la voz y percibió que esa vez, la actriz quería una respuesta honesta. El esplendor póstumo de ese momento quedó para siempre en su memoria: “La luz se iba. Marilyn parecía esfumarse con ella, mezclarse con el cielo y las nubes, disolverse a lo lejos. Quise elevar mi voz sobre los chillidos de las gaviotas y llamarla para que volviese: ¡Marilyn! ¿Por qué todo tuvo que acabar así, Marilyn? ¿Por qué? ¿Por qué la vida tiene que ser tan terrible?”. A continuación, algo le devolvió al momento presente, pero siguió balbuceando: “Yo diría…”. Marilyn le dijo que no le oía. “Diría que eres una adorable criatura”.

Con esta maravillosa escena, Capote (1924-1984) concluye el relato sobre la actriz, titulado: Una adorable criatura (incluido en Retratos, 2001). Es quizás la obra más destacable entre un sinfín bibliográfico que mayoritariamente apuesta por el sensacionalismo que rodea la vida de Monroe. Pero su emoción final puede llevar a engaño: el retrato del mayor representante de la novela de no ficción tampoco es un homenaje hagiográfico a su íntima amiga; también refleja su carácter caprichoso y frívolo, sus miedos y sus limitaciones intelectuales. Y por encima de todo destaca la gracilidad femenina de un ser extremadamente vulnerable que desprende luz y belleza como pocos. Un ser, que por encima de todo, para bien y para mal, era adorable.

En 1954, cuando solo tenía 28 años, la actriz escribió sus memorias, un texto imprescindible para conocer de primera mano el temblor y la candidez que definieron su vida. El libro, titulado My Story, refleja la compleja personalidad de una mujer que en nada se parece a la rubia ingenua que creó Hollywood.  Marilyn rememora su infancia en una familia humilde de California, la violación que sufrió de niña, su ascenso a la fama y su perpetua y fatal intuición acerca de su destino: “Sí, había algo especial en mí y sabía de qué se trataba. Yo era el tipo de chica a la que encuentran muerta en su dormitorio con un frasco de somníferos en la mano". El texto no vio la luz hasta doce años después de su muerte.

La figura de Marilyn ha sido de las más rentables de la historia, sobretodo póstumamente. La extensísima bibliografía que ha generado su leyenda no sigue la estela benévola de sus admiradores. Más bien al contrario, la mayoría de las obras reflejan la polémica, la leyenda negra, los trapos sucios y las excrecencias que esconde la biografía de Norma Jeane Mortenson (1926-1962), convertida en Marilyn Monroe, actriz infravalorada y el sex simbol más famoso de todos los tiempos.

Uno de los libros más polémicos sobre la rubia universal es Blonde (2000), la novela de la newyorkina Joyce Carol Oates. A lo largo de 900 páginas se retrata la vida errante de una mujer ansiosa, dependiente de tranquilizantes y estimulantes y víctima de varios abusos sexuales que merman su equilibrio mental. Las escenas de sexo se describen minuciosamente, especialmente la violación que sufre por parte del productor que le dio su primer papel, el ménage à trois que practica con Charles Chaplin Jr. y Eddy G. Robinson y la violenta escena que protagoniza con el presidente de los Estados Unidos. En el pasaje, Kennedy prácticamente obliga a Monroe a practicarle una felación. “Cogió a la Actriz Rubia por la nuca y le puso la cabeza en la entrepierna. ‘No lo haré. No soy una prostituta, soy’… de hecho era Norma Jeane, confundida y asustada”. Y según la autora, lo hizo.

Oates recupera la tesis que sugiere que la actriz fue asesinada por la CIA tras su relación con Kennedy. El asesino de su ficción recibe órdenes claras y precisas porque “la zorra rubia del Presidente era una amenaza para él y para la seguridad nacional”. En la novela, Marilyn es asesinada a manos de este “francotirador” que le hunde una aguja de quince centímetros en el corazón.

La idea del asesinato ha sido muy jugosa de cara a las ventas. Lo comprobó también Donald H. Wolfe con su libro Marilyn Monroe, investigación sobre un asesinato (1999). El autor investigó durante siete años y entrevistó a más de 85 personas con el objetivo de demostrar que la CIA y el FBI mataron a la actriz porque ésta había conseguido información confidencial sobre Kennedy. Tras su titánico trabajo, al autor solo le queda una duda: “¿Intentaban matar a Marilyn Monroe? ¿O sólo someterla con un pinchazo crítico, es decir, suministrarle una dosis mayor de aquella a la que estaba acostumbrada, para poder abrir por la fuerza su archivador, tomar notas, cartas y documentos legales y buscar el libro de secretos? Los indicios señalan homicidio premeditado. En presencia de Bobby Kennedy, le inyectaron una cantidad de barbitúricos suficiente para matar a 15 personas”.

El reverso de la novela de Oates y del libro de Wolfe es Marilyn Monroe (1993), la biografía de Donald Spoto, considerada una de las obras más serias sobre la actriz. Spoto ofrece una visión mucho menos turbulenta de la actriz y afirma que su muerte fue causada por una combinación letal y accidental de sedantes y barbitúricos. El autor rechaza la tesis del suicidio y retrata los últimos días de Marilyn como un momento álgido y feliz en su carrera. Para Spoto su muerte fue una negligencia médica causada por su analista de cabecera, el doctor Greenson.

Otra versión amable es la del escritor barcelonés, Terenci Moix (1942-2003), confeso entusiasta del Hollywood de los años cincuenta. En su homenaje a los actores y directores de la época, Mis inmortales del cine (1996), dedica un extenso capítulo a la actriz: “Tenía un algo especial, esa pequeña cosa extra, y sobre todo tenía algo que le hacía brillar en la pantalla. Era un ser que podía ser vulgar en su vida real, pero que era capaz de transformarse cuando la cámara se ponía delante de ella”. Para Moix, la actriz rubia tenía algo inimitable, como la morena más famosa del cine español: “ese algo lo tiene también la actriz Penélope Cruz, esa comunión con la cámara que no es frecuente descubrir”.

¿Negligencia, suicidio o asesinato? Definitivamente, las dos últimas opciones se llevan la palma en el mundo literario. La rubia como una drogadicta, desequilibrada y facilona a la par que frígida, que para colmo no cuida para nada su higiene personal. Su flamante presidente como un niño pijo, amoral, egoísta y despreciativo que además es eyaculador precoz. Así retrata François Forestier a la pareja en su libro Marilyn y JFK (2010), del que asegura que “no hay ni una sola frase inventada”. Forestier describe los múltiples encuentros sexuales entre la rubia y el presidente: Marilyn espera a su amante en una bañera de agua caliente mientras JFK se desnuda para ser montado por la actriz. De repente Peter Lawford entra al baño y fotografía a la pareja con su Polaroid. Él se ríe, ella hace muecas. Alrededor de ellos, los espías de Hoover, el mandamás del FBI, les vigilan y comentan la jugada. Forestier asegura que las fotos de Lawford aún circulan por ahí, pero los servicios secretos de los Kennedy se encargaron de borrar las pistas del romance.

Para el autor Autobiografía de Marilyn Monroe (2006), Rafael Reig, la mayoría de obras sobre la actriz son puro afán de sensacionalismo, de explotar la tragedia y la fama de Monroe. Según el escritor, los textos más importantes y con mayor calidad literaria son los de Capote y Arthur Miller. Reig está harto de oír hablar del misterioso fallecimiento de la actriz: "La muerte de Marilyn no fue ningún misterio. Lo asombroso es que no hubiera muerto antes, y eso lo sabe todo el que la conoció”.

De todos los que la conocieron, quizás el dramaturgo Arthur Miller (1915-2005), marido de la actriz de 1956 a 1961, fue quien mejor entendió el vacío que la asfixiaba. El mítico autor teatral era la persona que más valoraba su talento y quien más empeño puso en salvar a aquella adorable criatura de aquel nido de víboras que era Hollywood. Pero incluso él acabó agotado de su personalidad autodestructiva y decidió romper. Posteriormente Miller intentó retratar las contradicciones de su relación en su guion Vidas Rebeldes (1961), en el que el personaje de Clark Gable dice algo que bien podría haber dicho él mismo: “¿Puede un hombre sonreír cuando contempla a la mujer más triste del mundo?”

En sus memorias Vueltas al tiempo (1988), el dramaturgo ofrece la más preclara y sentida conclusión sobre el final de Marilyn: “Para haber sobrevivido, ella tendría que haber sido mucho más cínica o haber estado mucho más lejos de la realidad de lo que estaba. Pero no, ella era una poeta en una esquina tratando de recitar entre una multitud que le arrancaba la ropa”.

¿CÓMO LA VEÍAN SUS CONOCIDOS?

Su belleza sobrevivió desde la antigüedad,
requerida por el mundo del futuro, poseída
por el mundo actual, se convirtió en un mal mortal.
Pier Paolo Pasolini, cineasta italiano.

Marilyn era una persona sensible, incomprendida, mucho más perceptiva de lo que se supone en general. Teníamos una aventura amorosa y nos veíamos de forma intermitente hasta el día en que murió en 1962. No me pareció que estuviera deprimida (…). Estoy seguro de que no se suicidó. Siempre he creído que fue asesinada.
Marlon Brando, actor estadounidense.

Vi que lo que parecía que no era lo que realmente era, y lo que estaba pasando dentro de ella no era lo que estaba pasando fuera, y eso siempre significa que hay algo con qué trabajar. En el caso de Marilyn, las reacciones al método fueron colosales. Podía conseguir la emoción que necesitaba para cada escena. Su alcance era infinito.
Lee Strasberg, maestro y teórico fundador del Actor Studio.

Ella estaba asustada de sí misma. Me encontré deseando ser un psicoanalista y que ella fuera mi paciente. Puede que no pudiera ayudarla, pero habría lucido preciosa en el sofá.
Billy Wilder,  director de cine estadounidense. 

Nada se podía hacer con aquella luminosidad, era imposible....Tal vez entonces estaba demasiado ocupado dirigiendo y no me di cuenta del enorme potencial que tuve a mi lado, hay momentos en que está maravillosa, creo que Marilyn era única.
Lawrence Olivier, director y actor en El Principe y la corista (1957).

Recuerdo que me impresionó más fuera de la pantalla que dentro... había algo conmovedor y emotivo de ella.
John Huston, director de The Misfits, y La jungla de asfalto.

Creo que ella es una comediante hábil, pero también creo que podría convertirse en la mejor actriz trágica que se pueda imaginar.
 Arthur Miller, escritor y marido de la actriz de 1956 a 1961.

Es increíble. Es Mae West, Theda Bara y Bo Peep, todo en uno.
Groucho Marx, cómico y director de cine.


EL ARMARIO DE MARILYN MONROE


El capitalismo a veces puede ser tan tiránico que cuando entrega a alguien al mundo, lo hace sin factura. Tal es su poder destructor que en agosto de 1962 fue capaz de reducir el mito de la Venus rubia a muñeca de trapo tras solo 36 años de mediación. Los versos que el cineasta Pier Paolo Pasolini escribió al conocer la muerte de Marilyn Monroe cuelgan de una de las salas del Museo Ferragamo de Florencia. El palacio del maestro del calzado, que vistió los pies de la actriz sus últimos años, homenajea a la diva en el 50º aniversario de su muerte con una exposición que, a través de los zapatos, ancla a Marilyn a la tierra en su forma de Norma Jean para, al mismo tiempo, dejarla flotar entre el glamour de sus vestidos y películas, y la unión entre el arte y las fotografías que medio siglo después siguen parapetadas en la retina universal.

Marilyn en el rodaje de 'Misfits'
“Cuando se piensa en ella, la primera imagen que aparece es la de una diosa griega”, dice Stefania Ricci, comisaria de la exposición Marilyn y directora del Museo Salvatore Ferragamo desde 1995. “Necesitábamos un nexo entre la moda y el mito, repasar las diferentes etapas de su vida y al mismo tiempo relacionarlo con el arte”, explica. El primero en encontrar esta conexión fue el fotógrafo húngaro-francés André de Dienes en 1945. Sus anotaciones nerviosas antes de una sesión con la actriz inspiran una muestra que desgrana un modelo de belleza que, como escribió Truman Capote, “a veces podía ser etéreo y otras la camarera de un café cualquiera”.

De Dienes, autor de las primeras imágenes de la actriz cuando era una adolescente y su melena se enredaba por el viento del mar, tuvo la idea de unir en Marilyn categorías que el arte de unos años convulsos de capitalismo y guerra había recuperado tras un tiempo de abismo. Aquella mañana, Marilyn Monroe no estaba de humor y su proyecto de convertirla en la figura renacentista de la Leda de Leroux quedó reducido a un atisbo publicitario, con cierto aire clásico por la inclinación de la cadera de ambos mitos.


Tiempo después, por tributo o mero ejercicio del inconsciente, Marilyn se convirtió en la Venus de Botticelli en una imagen de George Barris de 1962. Ataviada solo con un grueso jersey de punto, se anuda la prenda en una pose que el Museo Ferragamo superpone en un vídeo. La imagen materializa el prototipo de feminidad que Marilyn se construyó molecularmente y que manejó a su antojo pese a la tristeza, el cansancio y la desazón que expresaba en sus diarios y poemas. Porque su cuerpo fue su éxito, pero también su trampa.

La actriz se encuentra con los clásicos cara a cara en una muestra que enfrenta a la mujer que fotografió Bert Stern entre sábanas con la ninfa dormida de Antonio Canova, la que se insinúa en la película Something’s got to give con reproducciones de la Venus de Milo, la que ríe hasta la mueca o se descompone en intensidad tras el objetivo de Cecil Beaton, a imagen de las esculturas de Miguel Ángel o las pinturas de Jean-Baptista Greuze. Estas leyendas de formas voluminosas envolvieron un estilo incapaz de perpetuarse, pese al empeño de la reencarnación.

La actriz posa en la playa en 1962 como la Venus de Boticelli recién salida del mar / GEORGE BARRIS
Marilyn es ese cruce de carreteras, una con destino al Olimpo, la otra hacia un lugar cualquiera. La primera acaba en el purgatorio creado en el museo: un espacio blanco, con una cama deshecha y ella en una imagen de purpurina y perlas de Bert Stern. Pero antes del impacto, la bifurcación toma un atajo y Ferragamo cotidianiza el mito con sacudidas de realidad en zapatos de seda y piel desgastada.

Clienta y maestro nunca llegaron a conocerse. Ella encargaba a Ava Gardner y a la esposa de Milton Green grandes pedidos –“a veces, de más de 25 zapatos”, recuerda Ricci–. Ferragamo llegó a sus pies cuando se trasladó a Nueva York y dejó de llevar dentro y fuera de escena el vestuario de Hollywood. Agarrada del brazo de Arthur Miller, siguió construyendo ese caminar coqueto y sexy, pero con un estilo más depurado. Cambió las plumas por los colores neutros, los pantalones capri y los jerséis. Y aunque se empeñó en disimular una talla corta con unos salones clásicos de 15 centímetros, bajó a la acera del Actor’s Studio de Nueva York con unas bailarinas del diseñador.

Todos estos zapatos fueron adquiridos por el Museo Ferragamo en la subasta de objetos de Marilyn Monroe de Christie’s en 1999. En urnas, como piezas de arte, se rodean de más vestidos de fiesta en torno a una gran pantalla de cine que dispara las mejores escenas de la filmografía de la actriz.


“En la actualidad es complicado encontrar un prototipo de mujer en el arte y la moda que se parezca a Marilyn”, confiesa Stefania Ricci. “El cuadro de Andy Warhol puede que sea el símbolo de la interpretación de Marilyn en el arte contemporáneo”. La pintura de 1978 que multiplica a la actriz por cuatro se reta con un retrato de Jackie Kennedy también del artista pop con una banda sonora irónica hasta el paroxismo: la repetición en bucle de Happy birthday mister president. Alrededor, una selección en blanco y negro de algunos de los 50 vestidos que el museo ha conseguido de coleccionistas privados. El negativo resultante sobrecoge como una Cleopatra desgarrada, una pieza de María Callas o un poema de Sylvia Plath.

“Me he dado cuenta de que después de luchar para ser actriz tengo que empezar a hacer el mismo esfuerzo para ser yo misma y ser capaz de usar mi talento”, escribió Monroe. El final de este recorrido brilla para pasar el trago. Suena a espectáculo de revista. Huele a perfume en tarro pequeño. Se encierra entre capas de maquillaje para que el recuerdo de una época ufana e implacable no diluya la esperanza.

KENNEDY & MARILYN

Diciembre de 1962. John Fitzgerald Kennedy se toma el domingo libre y acude a casa de su cuñado, Peter Lawford, que, además de cuñado y actor, es su celestino, el que le procura todas sus amantes. Allí le espera Marilyn.

JFK tiene problemas de espalda, lleva un corsé, pero se lo quita para entrar en la bañera de agua caliente junto a su amada. Marilyn monta sobre The Prez, que así es como llama en la intimidad al presidente de los Estados Unidos de América. Al cabo de un rato, Peter Lawford entreabre la puerta y toma unas fotos con su cámara Polaroid. El presidente sonríe, Marilyn hace muecas. Mientras los dos amantes intercambian confidencias en la habitación, los hombres de Hoover, el todopoderoso jefe del FBI, escuchan las conversaciones con sus auriculares mientras comen pizza. Hay micrófonos instalados por todas partes.

Éste es uno de los múltiples encuentros secretos que el periodista francés François Forestier narra en Marilyn y JFK (Aguilar), obra que recrea la relación entre la gran sex symbol del siglo XX y el mítico presidente. "Es un libro que cuenta una historia", dice por teléfono desde París el periodista del semanario Le Nouvel Observateur, "no es una obra periodística, ni un libro de historia". Eso sí, asegura que no hay una sola línea de ficción. Que todo lo que cuenta está respaldado por documentos desclasificados del FBI y la CIA, por la abundante bibliografía relacionada con el tema, por archivos que están a disposición de cualquiera que quiera verlos y por las entrevistas con testigos directos que él ha realizado a lo largo de años. El periodista francés, especializado en cine, cuenta que la historia de esa Polaroid de Peter Lawford se conoció gracias al vecino de J. Edgar Hoover. El todopoderoso jefe del FBI guardaba en su casa documentos comprometedores de algunos de los espiados por su red de informadores. Entre otros, la foto de Kennedy y Marilyn en la bañera. Al morir Hoover, su vecino la encontró en la basura. Allí estaba la prueba de aquel encuentro. "Esas fotos existen. Circulan", dice Forestier.

Son pocas las imágenes que se conocen de la pareja, que, según Forestier, mantuvo una relación intermitente a lo largo de años. Los servicios secretos y los propios Kennedy se encargaron de borrar las pistas de esa relación. "Lo eliminaron todo para mantener el mito viviente, los Kennedy eran intocables", sostiene Forestier. La imagen que acompaña a este reportaje es una de las pocas que se conocen. Es el resto de un carrete que fue eliminado. En la instantánea aparecen John y Bobby Kennedy, con quien también se enrolló Monroe, según cuenta el libro. Fue tomada en casa de Arthur Krim, tesorero del Partido Demócrata, pocas horas después de la más lasciva demostración en público de su relación, el irrepetible Happy birthday, Mr. President.

Forestier habló con algunos de los que estuvieron entre bastidores aquella mítica noche en el Madison Square Garden, la de la celebración del 45 cumpleaños del presidente. Cuenta que a Marilyn se le rompió el vestido y que los allí presentes apreciaron que no llevaba ropa interior. Le habían remendado el vestido -de 12.000 dólares- en el camerino, pero éste no tardó en resquebrajarse mientras Marilyn cantaba a su Mr. President.

Conseguir que la estrella subiese al escenario aquella noche fue costoso. Tuvo que secuestrarla Peter Lawford del rodaje de Something's got to give -la película que no llegó a terminar- presentándose con un helicóptero. La llamada de Bobby Kennedy al jefazo de la Fox, Milton S. Gould, pidiendo que dejara escapar a la actriz "por una cuestión de Estado" no fue suficiente. Y JFK tenía claro que esa noche Marilyn era su regalo de cumpleaños.

Jacqueline Kennedy, la primera dama, harta ya de la historia de Marilyn, y sin ninguna gana de ser humillada ante 15.000 espectadores, se largó a pasar la noche de cumpleaños de su marido a Glen Ora, la residencia de fin de semana. A montar a caballo.

Marilyn y JFK cuenta una historia de espías. Porque si algo había en casa de Marilyn -y en los lugares que más frecuentaba- era micrófonos ocultos. Si alguna vida fue escudriñada, ésa fue la de la protagonista de la inolvidable Con faldas y a lo loco. El FBI, la CIA, la Mafia; el jefe del sindicato de transportes, James Hoffa; su marido celoso, DiMaggio. Amigos y enemigos de Kennedy la espiaban. Y el carismático presidente tenía muchos enemigos. Tal como cuenta Forestier, llegó al poder aupado por su padre, Joe Kennedy, que prometió favores a la Cosa Nostra cuando su hijo llegara a presidente. La Cosa Nostra comprobaría poco más tarde cómo el hermano pequeño, Bobby, cimentaba su carrera a base de hostigar a los mafiosos. Se sintió engañada. Empezó a trabajar.

El libro de Forestier hace un retrato absolutamente desmitificador de sus dos protagonistas. Marilyn es presentada como una mujer desequilibrada y drogadicta que no cuida nada su higiene personal y, además, es frígida. Kennedy, como un tipo sin ninguna moral, un niño pijo acostumbrado a que nadie le diga nunca que no, un egoísta recalcitrante que desprecia los sentimientos ajenos. Se acuesta con medio Hollywood, cuenta el libro. Y sufre eyaculación precoz. Angie Dickinson, una de sus múltiples amantes, recuerda su intercambio de fluidos con JFK como veinte inolvidables segundos.

La noticia del aborto de Jackie Kennedy ante la que John ni se despeina, prosiguiendo sus vacaciones en barco con un cargamento de chicas; el pago de 75.000 dólares a la revista Time por parte de Joe Kennedy, el patriarca de la familia, para lanzar la carrera de su hijo hacia la presidencia; el consumo de LSD por parte de Kennedy poco antes de la invasión de Bahía de Cochinos; la violación que Marilyn sufre, borracha y abotargada de pastillas, por parte del mafioso Mooney Giancana. El libro recorre sin cortapisas los episodios más escabrosos de la biografía de ambos mitos. "Soy partidario del espíritu de James Ellroy", explica Forestier, "hay que mirar detrás de los mitos. Hollywood es un mundo corrupto, sin moral. La política, también. Con Marilyn y JFK, estos dos mundos sucios se encuentran".

Forestier asegura que su libro no incluye grandes revelaciones. Que prácticamente todo lo que narra ya había sido contado, a trocitos, en los múltiples libros que han abordado de forma tangencial el tema. Faltaba que alguien articulara el gran relato, dice. "Nadie ha contado esta historia", sostiene sin asomo de dudas. Atribuye esta circunstancia al pacto de silencio que durante años suscribieron los medios, que tuvieron material publicable entre sus manos, pero renunciaron a hacerlo. Y a la eliminación de grabaciones, fotos y documentos a la que los propios Kennedy contribuyeron. Así fue en una primera etapa. Pasados los años, dice, todo el mundo dio por hecho que su historia ya estaba contada.

François Forestier escribe críticas e informaciones de cine para el semanario Le Nouvel Observateur. A sus 62 años, es un hombre fascinado por el Hollywood clásico. "No por el de Scarlett Johansson", matiza. Se ha tirado media vida entrevistando a los grandes del cine. Muchos de ellos, como John Huston, le fueron contando historias de Marilyn que empezaron a germinar en su cabeza. Autor de autobiografías de Howard Hugues, Aristóteles Onassis y Martin Luther King, además de novelista, declara su fascinación por esta historia entre dos niños egocéntricos, entre una mujer, tal y como la describe, vacía y un hombre sin moral. "Kennedy era un niño rico, con la arrogancia del niño rico que piensa que no le puede pasar nada. Pensaba que aunque se descubrieran las partes más oscuras de su biografía, nunca pasaría nada".

Marilyn conoció a Kennedy en 1954, en una fiesta en casa del productor Charlie Feldman. Una fiesta a la que acudió con su marido Joe DiMaggio, en la que bailó acaramelada con su admirado Clark Gable y en la que deslizó un papel con su número de teléfono en la chaqueta del entonces joven senador norteamericano.

Durante ocho años se sucedieron los encuentros entre ambos. El 24 de mayo de 1962, Monroe recibe la llamada del celestino Peter Lawford.

-Se acabó, Marilyn. No debes intentar ponerte en contacto de nuevo con el presidente. No debes volver a verlo, ni llamarlo por teléfono.

Ante las lágrimas de la estrella, Lawford zanja la cuestión.

-Marilyn, sólo has sido un polvo para Jack.

Extracto de 'Marilyn y JFK', de François Forestier (Editorial Aguilar)

Marilyn baila. En su casa, con una música latina, pone en práctica las lecciones de su coreógrafo Jack Cole durante el rodaje de El multimillonario. Estuvo ensayando durante semanas las ondulaciones, los movimientos de hombros, de caderas que tenía que ejecutar para Yves Montand y que le salen con naturalidad. Ante su amiga Jeanne Carmen, una actriz de décima categoría, Marilyn parece estar de fiesta. Se sube a los sillones, empieza una danza del vientre y canturrea al compás:
-First lady! First lady! [¡Primera dama! ¡Primera dama!].

Hay algo patético y conmovedor en esta rumba solitaria, en esta alegría fabricada. ¿Piensa Marilyn en realidad que va a ocupar el lugar de Jackie Kennedy? Jeanne Carmen es testigo de esta ilusión: Marilyn tiene cada vez menos contacto con la realidad. Vive en un mundo de fantasía, de sueño. Tiene una vaga conciencia de la imposibilidad de sus esperanzas, pero también conoce la fuerza del deseo que despierta. Para ella no hay nada imposible. Nada. ¡Es Marilyn!

Confusamente, es consciente de que va cuesta abajo. El punto álgido de su carrera ha pasado, tiene 35 años. Sólo le queda esperar a los 40, la edad fatal en aquellos años para una actriz. Son pocas las que superan este límite, salvo para encontrar papeles de malvada, mujer engañada, arpía, seductora de gigolós. Marilyn no quiere ser Bette Davis.

Quiere ser first lady, eso es todo. Desfilar junto al presidente. Agitar los brazos ante filas de cadetes uniformados. Entrar en la Casa Blanca ante los soldados en posición de firmes.

El problema es que Kennedy empieza a ser consciente de los rumores que corren: Marilyn es incontrolable, borderline, esquizofrénica, según Greenson -su psiquiatra-. Por ahora, su compañía es agradable, pero ¿quién sabe? Cuando llegue el momento habrá que actuar con tacto para anunciar la separación. Marilyn tiene tendencia a llamar por teléfono con demasiada frecuencia, como si fuera algo evidente. Envía poemas de amor a la Casa Blanca, incluso un día llegó a hablar con Jackie por teléfono. Se disculpó y colgó. Jackie, que reconoció su voz, sus balbuceos pueriles, está furiosa. Lo hace saber. Su marido comprende: Marilyn trata de colocarse en el papel que más le gusta, el de víctima infantil. Bajo esta máscara, JFK lo sabe bien, puede haber una mujer dura y odiosa. JFK no está acostumbrado a estas cosas. Cuando abandona a una chica, simplemente deja de verla. Se vuelve transparente para él. En el caso de Miss Monroe es difícil.
Marilyn baila y alrededor hay quince frascos de pastillas desparramados por la moqueta.

Está previsto que el rodaje de Something's got to give comience el 9 de abril. Todo va mal: George Cukor, el director, aterrorizado por tener que trabajar una vez más con Marilyn, se hace el sueco. Conoce los problemas que le esperan y odia el desorden que crea Marilyn, las dificultades que plantea, la falta de respeto que manifiesta hacia todo el equipo. Quiere tener un guión más o menos coherente y pide algunos retoques. La Fox, por su parte, está totalmente colapsada por el desastre de Cleopatra. Los decorados se vienen abajo, los escándalos se suceden, Liz Taylor está enamorada, Liz Taylor abandona a su marido Eddie Fisher... En Los Ángeles circulan los rumores, los equipos que vuelven de Roma hablan. Marilyn no se pierde un rumor. JFK tampoco, pues le encantan los chismes. (...)

La 20th Century Fox exige la presencia de Marilyn. El tono sube. Los productores están rabiosos. La fecha del rodaje se vuelve a retrasar. El actor principal, Dean Martin, trata de tomárselo con paciencia. Cyd Charisse, la actriz sublime de La bella de Moscú, que tiene el segundo papel, hace pruebas de vestuario. Marilyn interviene: su rival no puede estar más sexy que ella. Tendrá que usar ropa muy seria. ¿Deseará realmente Marilyn hacer esta película?

De momento, se larga.
Primero, Florida, donde Joe DiMaggio sigue el entrenamiento de su equipo favorito, los New York Yankees. Luego visita a Isadore Miller, el padre de Arthur, un anciano con quien ha establecido vínculos afectivos.

El 6 de febrero, Marilyn llega a Miami y se dirige al Fontainebleau Hotel, el palace favorito de los políticos, de los actores y de los gánsteres. Allí, en una suite del último piso, con vistas al mar, la espera The Prez.
Cae en sus brazos.

En su cabeza resuena "First lady! First lady!" con ritmo de rumba.

TONY CURTIS & MARILYN

Tony Curtis ya no es esa belleza masculina que hacía suspirar en los años cincuenta a las mujeres. Pero sin duda, aún es consciente de lo guapo que fue antaño, hasta el punto de haber titulado sus memorias, American Prince (Príncipe Americano).

El libro, que sale a la venta el martes en Estados Unidos, es un repaso a la vida tumultuosa de este soberbio actor de 83 años que pese a estar postrado en una silla de ruedas, aún asegura tener energía para practicar sexo con su sexta esposa, Jill, 42 años más joven que él.

Viendo su largo currículo de bodas es fácil deducir su debilidad hacia las mujeres pero, según afirma en el libro, sólo dos han sido insuperables en la cama: su actual esposa y Marilyn Monroe, junto a la que interpretó una de las grandes comedias de la era dorada de Hollywood, Con faldas y a lo loco.

Así que, por si no fuera suficiente toda la mitología ya existente en torno a la actriz, Tony Curtis le añade con este libro un capítulo más a la larga colección de hombres en los que Marilyn dejó huella. Sin embargo, el idilio entre ambos no se produjo durante el rodaje de aquella celebrada película sino muchos años antes, cuando ambos trataban de abrirse camino en Hollywood a finales de los años cuarenta.

Tony Curtis la vio caminar por los estudios Universal "con una blusa transparente y una voluptuosidad que cortaba el aliento" y le ofreció un pasaje en su coche hacia Los Ángeles. Aún no era rubia sino pelirroja y todavía hablaba "de forma normal, sencilla, directa", aún no había aprendido a expresarse con "esa afectación sexy que se convertiría en su sello de fábrica". Ella tenía 22 años; él, 23. "Mientras hablábamos en el coche tuve una fuerte sensación de, bueno, 'calor'. Tenía una aura increíble de calidez, amabilidad, generosidad y sexualidad. Nunca había sentido algo así", relata Curtis.

El libro, escrito sin demasiadas ambiciones literarias, explica con todo detalle esos primeros encuentros que llevan a la pareja a acabar en la cama y a empezar una relación básicamente sexual pero no exclusiva ya que ambos tenían otros ligues al mismo tiempo. "Fue la primera mujer de la que me sentí realmente cerca. Nos atraíamos de verdad aunque yo no estaba listo para una relación seria y ella tampoco. Ninguno de los dos estaba dispuesto -o era capaz- de llevar la relación a la siguiente fase". Por eso fue languideciendo de forma natural y después de meses de escarceos, ambos dejaron de verse.

Diez años después, Billy Wilder volvería a unirles en Con faldas y a lo loco, un rodaje del que Tony Curtis también cuenta detalles jugosos puesto que Marilyn ya se había transformado en una estrella problemática. Filmar aquella película fue una tarea ardua que casi acaba con su director. Sin embargo, Curtis tiene buenos recuerdos de aquel rodaje, incluido un beso real con Marilyn que le excitó sexualmente y del que no ahorra en detalles. Ya se sabe, el sexo vende.

CLARK GABLE & MARILYN


El mito sexual y cinematográfico de los años cincuenta, aún hoy venerada como una diosa, era una guarra. Esta desconcertante frase aparece en una polémica biografía sobre el actor Clark Gable que se editará en septiembre en Estados Unidos, y en la que se afirma que nunca fueron amantes porque Gable no soportaba los malos hábitos higiénicos de la rubia más deseada de América. En Clark Gable: tormented star, el escritor David Bret asegura que, pese a los múltiples rumores sobre el tórrido romance que habría surgido entre uno de los grandes galanes de Hollywood y Marilyn durante el rodaje de Vidas rebeldes, la realidad es que nunca llegaron ni a tocarse. "Marilyn se teñía el pubis de rubio y nunca llevaba bragas. Además, sufría de lo que hoy se llama síndrome del intestino irritable". Es decir, y hablando en plata, Marilyn tenía flatulencias.

Clark Gable era célebre por su obsesión por la limpieza personal y, según Bret, la actriz no era precisamente alguien que se preocupara por su higiene. "Se duchaba poco, dormía desnuda y comía a menudo en la cama, tirando al suelo los restos del plato antes de dormirse", escribe Bret, según informa The Independent.

Estas afirmaciones han indignado a los fans de la actriz. Según Jennifer J. Dickinson, una de las más activas, Gable no era un prodigio de limpieza y recuerda que Vivian Leigh se quejó en el rodaje de Lo que el viento se llevó de que cuando tenía que besar al actor a éste le apestaba el aliento.

Monroe siempre contó que de niña tenía una foto del galán en su mesilla porque creía ver en él el rostro de su padre desconocido.

La primera vez que los actores se vieron fue en un restaurante neoyorquino, en 1954, donde comentaron la posibilidad de rodar juntos. Esto no ocurrió hasta 1961. Fue con Vidas rebeldes, ya que el director John Houston y el guionista Arthur Miller pensaron que eran los perfectos para interpretar a la divorciada deprimida y al ex vaquero sin escrúpulos que protagonizan la película.

Durante el rodaje, Marilyn se divorció de Miller. La película fue la última de ambos; el actor murió a los 11 días de acabar la película y la actriz se suicidó un año y medio después.





Realmente nunca supo qué le pasaba a su cuerpo, por qué de repente un día se le había llenado de tantas curvas mortales. A los 12 años, cuando era sólo una adolescente de Los Ángeles y aún se llamaba Norma Jean Baker, se sorprendía de que los hombres volvieran bruscamente la cabeza a su paso con el peligro de romperse la nuca. A una edad en que cualquier niña apenas reconoce su propia sexualidad, ya se vio cercada por miradas de deseo que trepaban por su cuerpo como babosas: ésos fueron los primeros homenajes y también las primeras heridas que recibió, un hecho misterioso que al mismo tiempo la halagaba y la llenaba de pánico. Entre estos dos embates de admiración y lascivia comenzó Marilyn Monroe a ser zarandeada por la vida hasta la madrugada del 5 de agosto de 1962, en que la criada Eunice Murray la descubrió muerta -boca abajo, con medio cuerpo fuera de la cama, el teléfono descolgado y un tubo vacío de Nembutal en la mesilla- en su casa de Brentwood.


Mientras el alma de esta chica luchaba con mucha dificultad por abrirse paso hacia el exterior a través de un cuerpo explosivo, todos los hombres que se acercaban a ella a su vez detenían siempre en la superficie su viaje porque unas formas detonantes les impedía ir más allá. Probablemente al interior de Marilyn sólo llegó Joe Di Maggio, y esa hazaña fue debida a la sensibilidad que este campeón de béisbol escondía bajo la aparente rudeza. Por otra parte, Marilyn no guardaba dentro ningún tesoro especial, sino los traumas de una infancia muy breada, siempre de acá para allá entre padrastros y orfelinatos. Hija de un padre desconocido y de una madre esquizofrénica, que tuvo que ser recluida en un psiquiátrico, Marilyn temía que la locura la visitara también a ella un día en medio de la gloria.

En la última sesión de fotos, que en 1962 Bert Stern realizó de la estrella en una suite del hotel Bel-Air de Los Ángeles, el cuerpo más adorado de Norteamérica fue inmolado ante la cámara del fotógrafo dejando a la intemperie su alma lacerada. Atrás quedó una larga historia en que Marilyn había sido sacrificada en el circo a sucesivos leones mucho más carnívoros que los del coliseo romano en tiempos de Nerón.

Aparte de que algún pariente rompiera a la niña mediante violación y que luego ella se dejara devorar por algún tipo de su camada en la oscuridad de un callejón, el cuerpo de Marilyn comenzó a ser oficialmente majado, batido y molturado a los 16 años por un vecino, soldado de la Marina, Jim Dougherty, que sería su primer marido, del que se divorciaría en Reno al año siguiente. Después fue ofrecida al consumo de camioneros con su desnudo de calendario y declarada "conejita del mes" por la revista Playboy. Por su piel pasaron, sin dejar huella todavía, actores y directores de cine: Elia Kazan, el inevitable Sinatra, el galán Yves Montand..., hasta terminar como una muñeca rubia a punto de romperse de un Kennedy a otro.

Realmente sólo se la vio enamorada del intelectual Arthur Miller, quien la exhibió en Nueva York como un trofeo de caza mayor. Él le impartía desde las alturas de la inteligencia una sonrisa complaciente y conmiserativa. Ella le correspondía desde abajo con una mirada bizca de admiración. Cuando este dramaturgo escribió para la actriz una historia de caballos salvajes, que se llamó Vidas rebeldes, los tres protagonistas de la película ya estaban a punto de estallar. A Clark Gable, el galán de la sonrisa de bigotillo y las orejas desabrochadas, fue el primero al que se le reventó el corazón. A continuación, el neurótico Montgomery Clift, que ya no era nadie después de haberse partido la cara en un accidente de coche, atiborrado de drogas hasta las cejas, bajó definitivamente los brazos y se fue hacia las tinieblas de la eternidad. Durante el rodaje, Marilyn aparecía muy macerada. Tenía una mirada desvalida y parecía dispuesta a entregarse también a un destino aciago. Había pasado el tiempo de esplendor en que el lunar situado en su mejilla izquierda, a una distancia perfecta de la comisura de los labios, era el punto sobre el que giraba todo el universo de la fascinación. No obstante, quebradiza dentro de aquel jersey de punto gordo, estaba más seductora que nunca.

Cuando al final del camino el cuerpo de Marilyn ya no impedía llegar a su alma, el fotógrafo Bert Stern y la revista Vogue trataron de convencer a la estrella para que se sometiera a una sesión. Su manager les llamó con la noticia de que la estrella aceptaba. Sin salir todavía de su asombro, Bert Stern apostó muy fuerte. Le propuso fotografiarla en estado puro, desnuda, sin maquillaje, sólo con un toque de rojo en los labios.

-Entiendo. Se trata de un trabajo creativo, ¿no es eso? -exclamó Marilyn con ironía.

-Eso es -contestó el fotógrafo.

-Acabo de operarme de la vesícula hace poco más de un mes. Espero que no se me verá la cicatriz.

-Descuida. La vamos a ocultar.

Fue el más humano de sus caprichos. El fotógrafo Bert Stern comenzó a sacrificar su cuerpo con 2.571 disparos de Hasselblad y a abrasarlo con fogonazos de magnesio hasta extraer todo el desamparo que llevaba dentro, con la espléndida belleza madura a punto de ajarse. En la misma sesión, Marilyn también posó vestida de negro. Fue el único trabajo que Vogue se atrevió a publicar. El número de la revista salió a los quioscos días después de la muerte de Marilyn. El auricular del teléfono descolgado se balanceaba al pie de la cama con el pitido de una llamada sin respuesta.

La cicatriz en forma de queloides que divide el vientre de Marilyn, lejos de romper el mito, es todo un homenaje a la humanidad. Entre ese costurón y el lunar por encima del labio está la historia de la mujer más deseada del mundo. Fotografiar a Marilyn era como fotografiar la luz. Joyas, champaña, soledad. En este álbum de fotos, al desnudo de Marilyn se le ha evaporado el Chanel nº 5, que era el único pijama con que dormía. Ahora aquel perfume sólo es su alma derrotada, bellísima.

"Sabía que le pertenecía al público y al mundo. No porque fuera guapa o maravillosa sino porque nunca le pertenecí a nadie más". Marilyn Monroe escribió estas palabras en su autobiografía, My story, publicada en 1974, más de una década después de su muerte, asesinato, o suicidio, según quien cuente su historia. El próximo 1 de junio la actriz hubiera cumplido 80 años, pero murió a los 36. Su cuerpo, atiborrado de barbitúricos, apareció inerte un 5 de agosto de 1962 en su casa de Los Ángeles. Y su prematura desaparición la transformó en el cadáver más rentable de la iconografía del siglo XX.

El copyright de sus imágenes está en manos de los fotógrafos que la inmortalizaron, pero la explotación de los derechos comerciales no, ya que Marilyn se los legó a Lee Strasberg, inventor del método de interpretación homónimo y profesor de la actriz. Cuatro de aquellos fotógrafos y sus herederos intentan ahora recuperar esos derechos en los tribunales, donde este mes comenzaban a discutirse las ocho causas pendientes que les enfrentan con Anna Strasberg, viuda de Lee Strasberg y con CMG Worldwide, la agencia que gestiona para ella el cobro de esos derechos. En juego hay ocho millones de dólares (627 millones de euros).

Sorprende que lo que está en cuestión judicialmente sea su lugar de residencia en el momento de su muerte. ¿Era Marilyn neoyorquina o californiana? Su fotografía más famosa, la imagen en la que se le levanta la falda sobre unas rejillas del metro, tomada por Sam Shaw durante el rodaje de La tentación vive arriba, se disparó en Lexington Avenue, en Nueva York. Estuvo casada con un dramaturgo que triunfaba en Broadway, Arthur Miller, y con un jugador de béisbol de los Yankees, Joe di Maggio. Poseía un apartamento en el Upper East Side y estaba registrada en el Partido Demócrata de Nueva York; su rostro fue convertido en obra de arte por el más neoyorquino de los artistas de su época, Andy Warhol, y su vida en literatura por otro ilustre vecino de Manhattan, Truman Capote. Pero, Marilyn Monroe falleció en California.

Si los jueces decidieran que en el momento de su muerte la actriz era neoyorquina, los cuatro fotógrafos que protagonizan la disputa se beneficiarían de las leyes de Nueva York que prohíben entregar los derechos de imagen de una celebridad muerta. Si en cambio fuera declarada californiana, Strasberg seguiría conservando la gallina de los huevos de oro.

Por si esto no bastara, hay otro juicio en marcha relacionado con una película sobre su primer marido, Jim Dougherty; se han abierto nuevos archivos del FBI que aumentan las suspicacias sobre la posible conexión entre la muerte de Marilyn y el presidente JFK, supuesto amante de la actriz; y quizá, lo más sorprendente: Hollywood se plantea rodar un filme sobre su vida. El actor Tom Hanks quiere producir un biopic basado en la biografía Goddess, de Anthony Summers protagonizada por la oscarizada Charlize Theron

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