Las verdaderas estrellas de cine clásico

sábado, 7 de mayo de 2016

Ingrid Bergman: In herown words

La actriz Ingrid Bergman se inmortalizó en el séptimo arte por su belleza y capacidad histriónica. Participó en por lo menos 50 cintas, incluyendo la memorable Casablanca.  El año pasado con motivo del centenario del nacimiento se estrenó el documental, hasta entonces inédito, Ingrid Bergman: In herown words (En sus propias palabras), dirigido por el sueco Stig Björkman.



Asimismo, la actriz y modelo Isabella Rossellini, hija de Bergman, organizó un homenaje mundial a su madre con el espectáculo teatral Tribute to Ingrid Bergman, en el que mezcla un conjunto de recuerdos, entrevistas, cartas, videos familiares y otros elementos que permiten descubrir la intimidad de la mujer detrás de la leyenda.

Estocolmo, Suecia, es la ciudad donde nació Ingrid Bergman el 29 de agosto de 1915. Su vocación la adquirió por el ambiente en el que se desenvolvía, ya que fue hija del artista y fotógrafo sueco Justus Samuel Bergman, quien falleció cuando ella tenía 12 años de edad. Aunque es hasta que la joven rubia finalizó su bachillerato cuando ingresó al Royal Dramatic Theater de Estocolmo para estudiar actuación.

Después de participar en distintas obras de teatro se abocó a la interpretación de personajes para la pantalla grande e interpretó papeles en historias de cine mudo rodadas en 1935. Un año más tarde protagonizó Intermezzo (1936), un filme dirigido por Gustaf Molander.

domingo, 1 de mayo de 2016

Centenario de Glenn Ford

Hay rostros que nacieron para la pantalla de un cine. Glenn Ford (Quebec, Canadá, 1916 / Los Ángeles, California, 2006) poseía uno de ellos. De gran presencia escénica, el actor canadiense no podía haber tenido otra profesión: drama o comedia eran situaciones resueltas para él. Memorables fueron sus actuaciones al lado de Rita Hayworth, con quien compartió créditos en Gilda (1946) bajo la dirección de Charles Vidor, con quien también trabajó en Los desesperados (1943) y Los amores de Carmen (1948). Pese a su larga y fructífera carrera, Ford nunca obtuvo el Oscar de la Academia.



viernes, 15 de abril de 2016

La enigmática Greta Garbo

Greta Garbo es una de las más enigmáticas y bellas figuras de Hollywood. Se retiró en la cumbre de su carrera, con 36 años, y siendo la actriz mejor pagada. Sus éxitos cinematográficos no fueron suficiente para sobrellevar la presión mediática. Fue una de las actrices más seguidas por los paparazzis. Murió el 15 de abril de 1990 en Nueva York,  víctima de un síndrome renal y de neumonía. Tenía 84 años.





sábado, 19 de marzo de 2016

Kate & Spence

K. Hepburn. —Me temo que tal vez sea demasiado alta para usted, señor Tracy.
J. Mankiewicz. —No te preocupes, Kate. Te pondrá a su altura.
Foto: Corbis.

El comentario que le hizo Spencer Tracy a Joseph Mankiewicz después del primer encuentro fue que ella tenía las uñas sucias. Tampoco le convencía la idea de compartir protagonismo en una comedia de lucha de sexos con una mujer con fama de sexualmente ambigua. Para añadir reparos, el actor recelaba de un proyecto promovido por la actriz ya que temía que acabara en vehículo de lucimiento exclusivo para ella. De hecho, Katharine Hepburn le había vendido la idea a Louis B. Mayer y asegurado la financiación antes incluso de tener el libreto escrito. Hepburn además había declarado su interés en que su pareja en el film fuera Spencer Tracy. Era un actor al que admiraba desde que lo había visto en Broadway cuando él estaba actuando en The Last Mile. Por su parte, Tracy no había visto ninguna de las películas de Hepburn, pese a que, por aquel entonces, ya era una de las actrices más célebres y bien pagadas de Hollywood.

En cualquier caso, el actor se sumó al elenco. Un poco a regañadientes. En un principio se había pensado en el director George Cukor para dirigir la película. Pese a ser uno de los mejores amigos de la actriz, esta prefirió un director más rudo y que conociera los entresijos del béisbol, dado que este deporte jugaba un papel nada desdeñable en la historia. Así fue como George Stevens, también amigo de Hepburn, se situó tras la cámara para rodar La mujer del año. Según sostiene el periodista William J. Mann en Kate. El lado oscuro de Katharine Hepburn, la actriz buscaba con esta nueva película humanizar su imagen, hacerla más sensual y próxima, pues hasta entonces adolecía de cierto estiramiento glacial, puritanismo hervido y escasa carga erótica. Para ello, nada mejor que valerse de un coprotagonista masculino que representara todos los estereotipos vinculados a la virilidad más primaria. 

Y ahí estaba el bueno de Spencer. Pronto todos los presentes en el plató se percataron de la química existente entre ambos. Para decirlo con los cronistas rosas, que tantas líneas cardíacas han dedicado a loar el amor de la pareja, en el set de rodaje saltaron chispas. Pero parece ser que la cosa no acabó ahí. A Katharine y Spencer les dio por enamorarse. «Nuestros personajes cinematográficos se enamoraron. No sé qué fue primero, el que ellos se enamoraran, o que lo hiciéramos nosotros. Creo que fuimos nosotros primero, pero nuestros personajes cinematográficos lo supieron primero». Con esta mezcolanza entre realidad y ficción —muy consciente en la construcción de la propia leyenda por parte de la actriz—, Hepburn confesaba a una de sus últimas biógrafas, Charlotte Chandler, el inicio de una de las relaciones más duraderas y admiradas del cine. Sin embargo, como siempre pasa en Hollywood y en la vida misma, no siempre es oro todo lo que reluce. Más bien todo lo contrario.

Con Tracy, Hepburn reincidía en el cuelgue por un patrón de hombre ciertamente conflictivo. Tipos atormentados, tormentosos, alcohólicos y, por si fuera poco, casados. El primero de la lista fue el poeta H. Phelps Putman cuando Hepburn no era más que una bachiller. Ya como actriz consolidada, y antes de emprender la relación con Tracy, vivió unos meses de «arrebato» con John Ford.  Más allá de los comentarios de una resentida Maureen O’Hara en sus Memorias con relación a la presunta homosexualidad de Ford, es cierto que el director de La diligencia se debatía entre la realidad de una sensibilidad extrema, compleja, finísima, y el deseo de una masculinidad granítica y sin fisuras. Parte del conflicto lo exorcizó con su genial filmografía, pero el resto lo intentó ahogar en alcohol. Tal vez sin una visión tan restrictiva de la virilidad y mediante la aceptación, o siquiera conllevancia, de todas sus contradicciones y pulsiones, podría haber sido un tipo menos infeliz. Y si Ford no parecía un hombre demasiado interesado en la carne y sus placeres, en cambio Tracy cultivó fama de depredador alfa. Aunque, como recordaba Irene Selznick, «no puedes beber tanto como Spence y mantener una relación basada en el sexo». En cualquier caso, todo apunta a que eran sus furores indiscriminados lo que torturaba a Tracy. Si tomamos por ciertos los comentarios de George Cuckor o el testimonio del conseguidor Scotty Bowers, el actor practicaba la bisexualidad sin cuartel, pero de manera vergonzante. Como acendrado católico estaba convencido de que su conducta le acarrearía una estancia perenne en el averno.

Así pues, la independiente e indómita Kate se embarcó en una historia que tenía mucho de dependencia emocional y sumisión voluntaria al hombre. Algo que, dicho sea de paso, no le sucedía con sus ambiguas amistades femeninas: «La relación estaba basada en unos cimientos muy sólidos e ideales. Kate lo mimaba y Spence sencillamente lo aceptaba… Desde el principio ella entendió que dedicar su vida a él era el único camino que podía hacer que fuese un arreglo duradero», comentaba el amigo de la pareja y director Jean Negulesco.

Foto: Corbis.

No debemos hacer infeliz a la gente. La vida es demasiado corta para eso (Katharine Hepburn).

«Él estaba allí y yo era suya. Yo deseaba que fuera feliz, que estuviera bien y a su gusto. Me encantaba vivir pendiente de él. Me gustaba escucharle, alimentarle, hablarle, hacer todo lo que hubiera que hacer por él. E intentaba no molestarle, no irritarle, no ponerle nervioso, no incordiarle ni fastidiarle». Así recordaba Katharine Hepburn sus mejores momentos con Tracy. De 1945 a 1949 fueron los años de mayor intensidad de la pareja. Pese a que el actor nunca se divorció de su esposa, Louise Tracy, durante aquel periodo vivieron como un matrimonio convencional. En casa de Cukor, junto a Ruth Gordon y Garson Canin, pasaban largas veladas de charla e ideando nuevas películas. La célebre frase que Tracy pronuncia en La impetuosa, de George Cukor, —«No tiene mucha carne, pero la que tiene es de primera»— remite al apelativo «mi saco de huesos» con que el actor se refería a Hepburn. De alguna manera, trasladaban a la pantalla sus distintos roles en la realidad. El sentido común y la integridad (cuando no bebía) de Tracy y la extravagancia, humor y entrega de Hepburn, quien acababa por ser una fierecilla domada.

La mordacidad y el latigazo verbal de Tracy encontraban en Hepburn su objetivo predilecto. «Si alguien no le gustaba, Tracy optaba por ignorarlo. Pero si le gustaba, lo incordiaba. Era el modo que tenía de mostrar cariño», explicaba Mankiewicz. Y añadía: «No creo que nunca le hiciera un cumplido a Kate. Decía cosas maravillosas de ella, pero nunca se las decía a ella». Por su parte, la actriz vivía su particular ilusión de ama de casa, cuidadora y confidente. Aunque había estado casada en su juventud, podría decirse que hasta entonces no había ejercido de esposa a la manera tradicional. Tal y como le gustaba pese a ofrecer en público una imagen de independencia y autosuficiencia.

De alguna manera, remembraba la relación de sus padres, basada en una entrega absoluta de la madre al padre aun siendo esta una ferviente progresista que había liderado campañas en pro del voto femenino y el control de la natalidad. En El aviador, centrado en la figura de Howard Hughes, otro de los hombres atormentados de Kate, Martin Scorsese refleja con brío el ambiente de bullicio intelectual en la casa de los Hepburn. Ni Hughes, ni Ford, ni Spencer soportaban toda aquella cháchara pedante de izquierdas. Básicamente porque la consideraban hipócrita.

Mientras el ciclotímico Tracy luchaba contra sus demonios y adicciones, ella estuvo a su lado, sentada —literal y figuradamente— a sus pies, soportando sus salidas más destempladas con una sonrisa de comprensión (Christopher Andersen, Un romance inolvidable).

Tabaco, montones de novelas policíacas y música clásica. Tracy distraía la abstinencia y el insomnio pertinaz. Sesenta y siete años y el cuerpo destrozado por tanto alcohol. Ya era uno de los más grandes actores del cine pero todavía conservaba la inseguridad del principiante. Ese quebradizo ego que Hepburn se encargaba diariamente de enderezar. Juntos habían hecho nueve películas. Adivina quién viene esta noche fue la última, y, a pesar de que el actor ya estaba gravemente enfermo, aguantó todo el rodaje. La noche del 10 de junio, Hepburn estaba en el bungalow de Tracy. Sobre las tres de la madrugada ella oyó un ruido. Se levantó y fue a investigar. Él estaba en el suelo. Un infarto fulminante.

En el recuerdo de Hepburn quedaron veintisiete años de amor compartido. Tal vez ella misma, en entrevistas, biografías y memorias, se ocupó de idealizar una relación que, en la mayor parte del tiempo, se circunscribió a una amistad especial. Sin embargo, dejando a un lado la leyenda, no cabe duda de que les unió un amor intensamente particular. Mann lo resume con claridad y perspicacia:

A la gente le resultaba difícil entender —entonces como ahora— que una relación podía ser intensa y apasionada e importante sin ser sexual. La historia de amor de Tracy y Hepburn no debería ser minimizada solamente porque el sexo (al menos durante gran parte de su duración) no fuese una característica definitoria. Durante casi una década, durmiesen juntos o no, Kate y Spencer se habían amado y considerado ellos mismos una pareja.

Años más tarde, Katharine Hepburn reconocería: «Habría hecho cualquier cosa por Spence. ¿Por qué? Era un misterio para mí». Un misterio sencillo de resolver. Se llama entrega.

Foto: Corbis.

Fuente: http://www.jotdown.es/

domingo, 14 de febrero de 2016

Historias de San Valentín: parejas de película II

Retomando el post del año pasado por estas fechas, Historias de San Valentín: parejas de película I. Deciamos que desde que en 1896, May Irwin y John Rice protagonizaran el primer beso cinematográfico de la historia en una cinta llamada The Widow Jones, pero la historia y esta anécdota le han puesto el sobrenombre de The Kiss, por el cine han pasado multitud de parejas y besos.

Ahora toca repasar otra tanda de parejas y besos de cine. En Gilda (1946), Rita Hayworth y Glenn Ford compartieron este bonito momento.


Unas largas Vacaciones en Roma (1953) fueron las "culpables" de este beso entre Audrey Hepburn y Gregory Peck.


Robert Cummings y Grace Kelly en Crimen perfecto (1954).


También en Atrapa a un ladrón (1955) Grace Kelly protagonizaba otro de los besos más recordados del cine. En esta ocasión junto a Cary Grant.

"Qué prefiere, ¿muslo o pechuga?”. Que una señorita de la buena sociedad de Filadelfia dispare a bocajarro preguntas como esta descoloca hasta al mismísimo Cary Grant. En este film, a pareja Kelly-Grant nos aleccionaban sobre los misterios del amor. 


Tony Curtis y Marilyn Monroe en una de las escenas de Con faldas y a lo loco (1959).


Marcello Mastroianni y Anita Ekberg no podían haber elegido mejor escenario para protagonizar una de las escenas inolvidables de La dolce vita (1960) que la Fontana di Trevi.


Elizabeth Taylor, convertida en Cleopatra (1963), en una escena de la película del mismo nombre junto a Richard Burton.


Otra protagonizada por Elizabeth, esta vez junto a Paul Newman, La gata sobre el tejado de zinc. La 'gata' Maggie luchando por su derecho al amor y a la felicidad frente a Brick, arrastrando su impotencia en pijama y muletas. 

"Tú no sabes lo que significa el amor. Para ti, es solo otra palabra de cuatro letras”.




A pesar de la censura, Mae West dejó algunas de las sentencias amorosas más memorables añadiéndole las necesarias dosis de cinismo a las cosas del corazón. No soy un ángel, (Wesley Rugless, 1933) junto a Cary Grant.

"No son los hombres de tu vida lo que cuenta, sino la vida que hay en tus hombres".




Historias de San Valentín: parejas de película I

Desde que en 1896, May Irwin y John Rice protagonizaran el primer beso cinematográfico de la historia en una cinta llamada The Widow Jones, pero la historia y esta anécdota le han puesto el sobrenombre de The Kiss, por el cine han pasado multitud de parejas y besos.



Rick & Ilsa (Casablanca)

Del gran clésico de Casablanca, varias escenas han quedado para la posteridad. Una, la del «Tócala otra vez, Sam», nunca existió. Al menos, no con esas palabras. Otra, tal vez la más famosa, es la última, en el aeropuerto. Rick e Ilsa se dicen adiós. Aunque ambos saben que siempre les «quedará París». Quizás la mejor pareja del cine de todos los tiempos. Rick Blaine & Ilsa Lund son una pareja que ha pasado a la historia por su romanticismo clásico, una de sus frases célebres es: "Bésame, bésame como si fuera la última vez", le dijo Ilsa. El mundo entero echó un suspiro.

Casablanca trata la historia  de Rick, el cínico propietario de un bar en Casablanca, Marruecos, y Elsa una hermosa mujer europea que trata de cruzar el Atlántico con la ayuda del examor de su vida. La historia de amor entre estos 2 personajes está llena de símbolos: la tragedia, la guerra, el poder y el sacrificio. Pero también está plagado de momentos inolvidables (As Time Goes By, la primera mirada que se otorgan, los flashbacks y esa escena del aeropuerto). Sin duda, uno de los romances que marcaron un antes y después en la historia del cine, y que muchas veces demuestra que la mayor prueba de amor, es aceptar que no están destinado a no estar juntos.




Reth & Scarlett (Lo que el viento se llevó)

En el corazón de este dramón de cuatro horas, que pulverizó récords de taquilla durante décadas, se encuentra el imperecedero romance entre Scarlett O'Hara y Reth Butler. Clark Gable y Vivien Leigh formaron una pareja eterna.

Este beso entre Vivien Leigh y Clarck Gable en Lo que el viento se llevo (1939), es uno de los más famosos de la historia del cine. La actriz, que contaba con 27 años, se llevó un Oscar por esta película. 

"No te preocupes por amarme. Eres una mujer que envía un soldado a la muerte con un hermoso recuerdo. Scarlett, bésame. Bésame, una vez".


Yuri & Lara (Doctor Zhivago)

Imposible olvidar la historia de amor entre Omar Sharif y Julie Christie en Docto Zhivago, una de las películas más sobresalientes en la filmografía de David Lean. En la gélida Rusia de la Revolución Bolchevique, prende la llama del amor entre ambos a lo largo de más de tres horas de metraje.


Alicia & Devlin (Encadenados)

Ingrid Bergman y Cary Grant, dos de las estrellas más importantes de la historia del cine, se besaban así de apasionadamente en la película de Encadenados (1946), dirigida por Alfred Hitchcock, que la convirtió en toda una obra maestra del género de espionaje. En la secuencia se dan pequeños besos para evitar la censura,  ya que un beso no podría durar más de 3 segundos.



Milton & Karen (De aquí a la eternidad)

Esta tórrida escena de Burt Lancaster y Deborah Kerr causó ampolla en 1953 y fue la explosión de la pasión adúltera que teje la trama de la película De aquí a la eternidad.




Lucy & Mitch (Escrito sobre el viento)

Lauren Bacall y Rock Hudson en Escrito sobre el viento, dirigida por Douglas Sirk en 1956. En ella se narra la relación del hijo de un rico magnate del petróleo con su mejor amigo (Hudson), que se torna tempestuosa cuando ambos se enamoran de la misma mujer (Bacall). Historia de amores, celos y pasiones desatadas, con escenas tan bonitas y famosas como este beso.



Holly & Paul (Desayuno con diamantes)

Este beso no podía quedar atrás. Y es que en el cine clásico hemos asistido a infinidad de besos apasionados, aunque todo hay que decirlo, poco naturales. Este incluso con el gato por medio, fue uno de los más románticos besos del cine. Bajo la lluvia y en plena calle, Holly Golightly y Paul Varjak sellan su amor, mientras suena de fondo la melodía de Moon River de Henry Mancini.

- Si tuvieras dinero, me casaría contigo al instante. ¿Harías lo mismo?
- Al instante.
- Por suerte ninguno de los dos es rico.

- Sí.





Fuente: ABC.es, Hoycinema, Cinepremier

lunes, 4 de enero de 2016

El universo de Billy Wilder

Wilder
El universo de Billy Wilder (Notorious Ediciones, 2015) libro con espíritu de enciclopedia, en el que 22 prestigiosos críticos desmenuzan y analizan hasta el detalle no solo su magnífica filmografía, sino también la compleja e irrepetible personalidad del genial cineasta que, en palabras de José Luis Garci, autor del prólogo y el epílogo, «vapuleó como nadie el llamado sueño americano». Nada queda fuera de este largo recorrido por la vida del autor de obras maestras como Perdición, El crepúsculo de los dioses, El gran carnaval, Sabrina, Ariane o El apartamento. Desde su primera etapa como guionista en Berlín, donde fue reclutado con 25 años por el principal estudio de cine de la República de Weimar y el Tercer Reich (UFA), hasta su última película como director, Aquí mi amigo (1981). Tras esta, ninguna compañía de seguros quiso volver a correr el riesgo, dada su avanzada edad, de cubrir un nuevo trabajo suyo.

En 455 páginas conocemos al Wilder de El azul del cielo (1932) que se ganó la libertad para desarrollar los giros emocionales de los personajes, sin salirse demasiado del corsé que los estudios establecieron en la época en la que el nacionalsocialismo comenzaba a asomar la cabeza. O al de Adorable (1933), que hizo que Hollywood se fijara en él por primera vez. Película tras película, este volumen analiza al hombre que, en enero de 1934, desembarcó en Nueva York huyendo del nazismo, con 27 años y unas cuantas ideas en la cabeza, y comenzó a abrir caminos que nadie se hubiera imaginado en el vasto y conservador imperio de Hollywood.

Muchas de esas ideas, recurrentes a lo largo de sus veinticinco películas, son parte fundamental de este «universo» de Wilder. Filias, fobias y obsesiones tan variadas que se analizan independientemente, porque dieron forma a muchas de sus obras. El alcoholismo en Días sin huella, creando el documento más demoledor del cine clásico sobre el descenso a los infiernos a causa de la bebida. El adulterio de Perdición o La tentación vive arriba, que le convierten en uno de los primeros cineastas en cuestionar la moral sexual de la población estadounidense. También esa doble vara de medir con la que trató el mundo femenino, convirtiendo a Marilyn Monroe en una mujer objeto, pero reivindicándose al mismo tiempo como uno de los primeros directores de Hollywood en reflejar los cambios sociales y culturales relacionados con la emancipación de la mujer en, por ejemplo, El apartamento. Y sus críticas mordaces al comunismo, pero también al capitalismo, al que plasmó en ocasiones como un cuento de hadas del estilo de vida americano.

Con ese espíritu provocador, el camino no fue fácil. Su relación con la censura no fue precisamente amistosa. Ya en 1934, no le concedieron permiso para rodar un remake de Curvas peligrosas. Un primer encontronazo al que le siguieron otros muchos. En 1940, condenaron la escena de dos soldados conversando en un cuarto de baño en Arise, My Love por desprender cierta pulsión homosexual. Más tarde vinieron las sospechas de que El mayor y la menor incitaban a la pedofilia. Después, criticaron la poco escrupulosa conducta del Ejército en la ocupación de la capital alemana en Berlín Occidente. Y suprimieron una relación sentimental entre dos hombres en ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?, por citar solo algunas.

Peajes todos ellos que tuvo que pagar el genial director de «ojillos de ratón», ganador de seis Oscar, por mostrar a personajes que osaban desafiar los códigos morales de su época o se empeñaban en desoir a su propia conciencia... si es que la tenían. O para crear, como escribe el mismo Garci, «algunas de las imágenes más poderosas de la historia del cine. Y todo ello, más mérito aún, habitando dentro del sistema».

Fuente: ABC.es

Muere Shirley Temple

20 años sin Federico Fellini

50 aniversario de Cleopatra

Fallece Lina Morgan