Las verdaderas estrellas de cine clásico
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domingo, 26 de noviembre de 2017

75 aniversario de Casablanca

Casablanca, la película más amada de la historia, según el dictado de Billy Wilder, es antes que nada una contradicción, una caprichosa casualidad donde se dieron cita todos los accidentes del mundo. Si se mira de cerca nada en esta modesta producción de la Warner que utilizaba los decorados originalmente pensados para otra película (The desert song, estrenada un año antes) la señalaban, no ya para la gloria, sino para algo más que simplemente lo ordinario. Cuesta trabajo identificar al verdadero autor de un guión manoseado, tomado de una obra de Broadway que jamás conoció el éxito.También resulta trabajoso detectar la firma de un director que pasó más tiempo solucionando problemas de intendencia que dando forma a su particular visión de un amor sacrificial. De eso se trata. Bogart, un tipo bajo y ligeramente acomplejado por su edad y su incipiente calvicie, interpretaba su primer papel lejos del estereotipo de gánster despiadado. Ingrid Bergman, además de no ser la primera opción para el papel, se pasó media película con cara de póquer ante la imprecisión de un personaje que literalmente se fue construyendo a medida que avanzaba el rodaje. Todo ello por no hablar de que la canción de la que todo el mundo se sabe los dos primeros versos a punto estuvo de ser sustituida. No contaba con el visto bueno del irrefutable Max Steiner.


Pese a todo, nadie puede con ella. Así pasen 75 años de su estreno, hoy fue el día del debut, y nos lo recuerde de manera tan meticulosa como devota el libro 75 años de leyenda (Notorius) editado por Eduardo Torres-Dulce, cinéfilo antes que fiscal, y por el que asoman firmas tan bogartianas como la de José Luis Garci, Fernando Méndez-Leite, Oti Rodríguez Marchante, Carlos Marañón, Manuel Hidalgo o Miguel Marías. La pregunta sigue siendo por qué. ¿Por qué, en palabras de Umberto Eco, «una fotonovela-folletín, donde la verosimilitud psicológica es muy débil y los efectos dramáticos se encadenan sin demasiada lógica» nos puede y nos retrata con tanta precisión? ¿Qué hace que cualquiera que en un momento dado, por necesidad o por simple despiste, haya caído en sus redes ya no encuentre la forma la liberarse de cada una de sus líneas definitivas de guión, de la caída de ojos de sus protagonistas o de la bruma de los sueños, con perdón, que la envuelven? Ángel Fernández-Santos habló de ella como «un sueño compartido» y, a su manera, siempre laberíntica, dio con la clave. 


Más sobre la canciónA Max Steiner no le gustaba que As time goes by no fuera suya. Intentó cambiarla. El pelo corto de Ingrid por otro rodaje impidió las nuevas tomas.

En 1982, el periodista y aspirante a guionista Chuck Ross decidió gastar una pequeña broma a la industria del cine. Nos lo cuenta el libro casi definitivo sobre la película We'll Always Have Casablanca, de Noah Isenberg. Bajo el título Everybody comes to Rick's, el de la obra original de teatro, envió el libreto de Casablanca a 217 agencias dedicadas a cazar talentos. Introdujo, eso sí, algunas leves modificaciones como los nombres de los personajes, el lugar en el que situar la acción y el borrado de algunas de las frases míticas. Aparte de los 90 que ni se molestaron en leer un guión no pedido, sólo 33 reconocieron el chiste, el resto llenaron los márgenes del manuscrito con anotaciones del tipo: «Lea el manual de Syd Field», «Demasiado diálogo», «Historia increíble», «Argumento delirante»... Y lo más paradójico, más allá de la poca cultura cinematográfica demostrada por los correctores, es que tenían razón. Sólo se les puede echar en cara que Syd Field, el que más ha hecho por sistematizar la escritura de guiones, sigue considerando el de Casablanca el mejor de la historia.

Repasar, aunque sea en un párrafo, la historia del libreto da la pauta. Se antoja prácticamente imposible dar con una persona a la que atribuirle el sagrado beneficio de la autoría. La idea original es cosa de la pareja profesional formada por Murray Burnett y Joan Allison. Ellos firman la obra de teatro en la que se fijó el productor Hal B. Wallis. Cuenta el primero de los autores que conocer la situación de los refugiados judíos en su luna de miel por Europa y, más concretamente, la amistad fugaz entablada con un pianista en Viena fue el desencadenante de todo. A uno de los innumerables consultores de guión a los que les tocó dar su opinión le llamó la atención el carácter de Rick, definido como «dos partes de Hemingway, una de Scott Fitzgerald y una pizca de Jesucristo». Los peculiares hermanos gemelos Epstein se encargaron de añadirle la mordiente y las mejores líneas («¿Cuál es su nacionalidad?» «Borracho»). Y siempre lo hicieron en clave tan cómica como ácida. Cuando se fueron de la producción, reclamados por Frank Capra, el encargo pasó a Howard Koch que se esforzó en construir un melodrama a distancia del humor corrosivo de sus predecesores. Faltaría Casey Robinson que, además de eliminar parte de la deriva pomposa de Koch, se encargó de construir la historia de amor. Por supuesto, hubo más y el hijo de Bogart no deja pasar la ocasión en la biografía de su padre para recordar que muchos de los diálogos definitivos eran casi improvisados minutos antes de que Curtiz, siempre de los nervios ante tanto desorden, dijera «acción». 


Ingrid BergmanEl primer anuncio puso a Ann Sheridan en su lugar junto a Reagan. Luego vendrían Hedy Lamarr y Michèle Morgan. Bergman llegó después de que David O. Selznick aceptase un intercambio: ella por Olivia de Havilland.

El propio rodaje admite cualquier adjetivo menos el de sensato. Curtiz no paró un segundo de usar su inglés aproximado para abroncar sin pausa a todo el mundo en general y a su ayudante Lee Katz muy en particular. Nunca llegó a tener en sus manos algo así como un guión definitivo. Para alguien que se consideraba a sí mismo antes que nada un artesano, un hombre de oficio, aquello era como la más fiel aproximación a su peor pesadilla. Y, sin embargo, se repuso al caos. Es más, lo hizo suyo hasta el punto de hacer brillar su talento en cada una de las dificultades. ¿Cómo conseguir que la maqueta de un triste avión mal construido luciera como una auténtica aeronave en la más crucial de las escenas que ha vivido el cine? Katz cuenta que la idea de contratar a unos enanos para «hacer más grande» lo que no lo era fue de Curtiz. Y como ésa, todas y cada una de las soluciones que igualan la textura de la película a la de los propios sueños.

André Bazin, padre de la crítica francesa, otorga la autoría de la película al genio del propio sistema del Hollywood dorado. Y Eco, en un artículo ya mítico, localiza en ella todos los arquetipos eternos. Desde el mito sacrificial, al amor desgraciado pasando por la pasión viril o socrática (léase homosexual), todo está ahí. «Pero justamente porque están todos los arquetipos, justamente porque Casablanca es la cita de otras mil películas y porque cada actor repite en ella un papel interpretado otras veces, opera en el espectador la resonancia de la intertextualidad», dice el italiano convencido de que «cuando todos los mitos irrumpen sin pudor alguno, se alcanzan profundidades homéricas. Dos clichés producen risa. Cien, conmueven». 

Humphrey BogartCuando Jack Warner se enteró de que el papel era para Bogart, dijo: «¿Pero quién querría besar a ese tipo?». «¿Cómo alguien tan guapa y joven como Ingrid se va a enamorar de mí?», llegó a preguntarse Bogart, según escribió su hijo.


Decía Borges, quién si no, que cuatro son las historias posibles. La de la ciudad asediada, la del regreso, la de la busca y la del dios sacrificado. Casablanca es, en efecto, una Troya que se desangra en un conflicto crucial donde se dirime la suerte de la humanidad; tanto Rick como Ilsa regresan después de una gran viaje al principio de su amor como hiciera el mismo Ulises; todos en ese extraño lugar que es el bar de Rick se desviven por encontrar su particular vellocino de oro, y, por fin, sólo el sacrificio del amor, de lo más preciado, del dios más deseado, abre el camino de la libertad. Y de una bonita amistad, recuérdese. En efecto, Casablanca como El Quijote fue escrita por el tiempo, por nuestro tiempo. Y así hasta convertirse en la memoria de un sueño compartido.


FUENTE: http://www.elmundo.es 

miércoles, 21 de octubre de 2015

El rodaje de Casablanca

El avión despegó hace ya 60 años, llevándose una pareja y dejando otra en tierra. El héroe checo y su joven esposa volaron hacia la libertad. El aventurero americano y el cínico policía francés se quedaron para combatir. Y, sin embargo, aún quedaban preguntas en el aire. Dos familias, la de Humphrey Bogart y la de Ingrid Bergman, se reunieron el lunes en Nueva York para despejar la cuestión final: ¿hubo algo entre nuestro padre y vuestra madre? No, no hubo nada, salvo un mínimo de cortesía y mucha prisa por acabar el rodaje. La química entre Bogart y Bergman fue un milagro del celuloide, uno más en una película mítica surgida de un cúmulo de casualidades y decisiones de última hora. A Bergman, que no supo hasta el final si su personaje amaba al aventurero o al líder de la Resistencia, ni siquiera le gustó el resultado de su trabajo, aceptado a regañadientes a falta de algo mejor.

Elenco principal:Bogart, Rains, Bergman, Henreid

La viuda de Bogart, Lauren Bacall, y su hijo, Stephen Bogart, y las hijas de Ingrid Bergman, Pia Lindstrom, Isabella Rossellini e Ingrid Rossellini, asistieron en el Lincoln Center neoyorquino a la proyección de una copia restaurada de Casablanca, la mejor película de todos los tiempos, a juicio del American Film Institute en el año 2003. Las dos familias contemplaron de nuevo el reencuentro de Richard Blaine e Ilsa Lund junto al piano del bar y su brumosa despedida en el aeropuerto, y rememoraron a la salida las circunstancias en que dos actores crearon un amor frustrado e inolvidable. "Mi madre no tenía una buena relación con tu padre", le confesó Pia Lindstrom a Stephen Bogart. "Nunca llegaron a ser amigos", comentó Isabella Rossellini. "Había química en la pantalla, pero no en la realidad", dijo Lauren Bacall. Las miradas eran lo bastante intensas en el filme como para convencer a la entonces mujer de Bogart, Mayo Methot, de que algo ocurría entre los dos actores cuando la cámara se apagaba.

Bogart y Bergman mantuvieron una relación muy fría durante el rodaje, realizado en los estudios de Warner Brothers en Burbank, California. Bergman había aceptado el papel porque la habían rechazado, inicialmente, como protagonista de Por quién doblan las campanas. Para el papel de Richard Blaine, Warner había pensado inicialmente en George Raft y, según un terrible rumor, en Ronald Reagan; Bogart, que nunca había interpretado a un héroe romántico, fue una segunda o tercera opción.

Entre las primeras escenas que se filmaron, las del dulce romance en París, y las últimas, las desarrolladas en el interior del Blue Parrott, el bar del truculento Ferrari, el guión se improvisó día a día. Cuando Bergman preguntó a los guionistas cuál era el auténtico amor de su personaje, la respuesta fue descorazonadora: "Lo sabrá en cuanto lo adivinemos". Hacia el final, la actriz sueca sólo quería acabar cuanto antes: había conseguido el papel que realmente deseaba, el de María en Por quién doblan las campanas, y le daba igual marcharse con Victor Lazlo o quedarse con Richard Blaine.

Los hermanos Epstein
Esa prisa de Ingrid Bergman generó uno de los milagros de Casablanca. Leslie Epstein, hijo del guionista Philip Epstein, explicó que el compositor Max Steiner, autor de la banda sonora, detestaba la canción As time goes by (El tiempo pasará), compuesta por Herman Hupfeld, y quería que se filmara de nuevo el encuentro entre Rick e Ilsa para que Sam tocara otra melodía al piano. "Pero entonces Ingrid había firmado por fin el contrato para Por quién doblan las campanas y se había cortado el cabello, por lo que era imposible cambiar la escena", dijo Epstein. As time goes by quedó como pieza central de la película.

Casablanca aspiró a ocho Oscar en 1943 y obtuvo tres: mejor película, mejor director (Michael Curtiz) y mejor guión. Bogart, candidato a la estatuilla a mejor actor, perdió frente a Paul Lukas, y Bergman, que no era candidata por Casablanca sino por Por quién doblan las campanas, perdió frente a Jennifer Jones. Bogart nunca consideró que aquel fuera su mejor trabajo. E Ingrid Bergman se irritaba cuando, año tras año, los entrevistadores le preguntaban por aquello. "Es una bonita película, pero nunca me pareció nada especial", decía. Tampoco expresaba cordialidad por el protagonista masculino: "Nunca lo conocí realmente. Lo besé, pero no lo conocí".

La película que vieron el lunes las familias Bogart y Bergman tenía un brillo especial. Se trataba de un nueva copia en 35 milímetros, extraída directamente del nitrato original y de la banda sonora guardados en los archivos de Warner. La productora también ha distribuido una edición especial de Casablanca en DVD, con cuatro horas de material adicional, incluyendo tomas falsas y escenas que los montadores (entre ellos Don Siegel, de posterior fama por Harry el Sucio) decidieron descartar.

Rodaje de Casablanca
Rodaje de Casablanca

La película, en realidad, tiene 61 años, porque fue filmada en 1941 y se proyectó como preestreno en Nueva York en otoño de ese año. El presidente Franklin Roosevelt la vio en la Casa Blanca el 31 de diciembre del 42. Pero el público estadounidense la descubrió a principios de 1943, poco después de que la Conferencia de Casablanca marcara la ruptura de Washington con Vichy y el acercamiento de Roosevelt hacia el general Charles de Gaulle, y de que el desembarco de Dwight Eisenhower en el norte de África (noviembre de 1942) colocara el puerto de Casablanca en los titulares de la prensa. Aquello fue un prodigio de oportunidad. Estados Unidos, como el capitán Renault, optaba finalmente por la Francia libre. El desembarco en Europa, año y medio más tarde, se perfilaba en el horizonte. Cuando el chescoslovaco Victor Lazlo se despedía de Richard Blaine entre la niebla, parecía hablar a todos los estadounidenses: "Bienvenido a la lucha. Esta vez, sé que nuestro bando vencerá".

Fuente: El País

lunes, 3 de agosto de 2015

Ingrid Bergman, A Life in Pictures

“Nunca miro atrás”, le dijo Ingrid Bergman a la actriz Liv Ullmann, su compañera de reparto en su última película, Sonata de otoño (1979). Enferma de cáncer, la actriz parecía dispuesta a no dejarse abatir por la enfermedad, a seguir actuando hasta que su cuerpo dijera basta. Mujer de fuertes convicciones y pasiones se negó a ser solo una imagen y se convirtió en una de las grandes estrellas de la época dorada de Hollywood gracias a que siempre tuvo presente la importancia de ser ella misma. “El mundo venera la originalidad”, era otra de las máximas de esta legendaria actriz, ganadora de tres Oscar e innumerables premios y que cumpliría 100 años el día 29 de agosto, el mismo día en que murió en 1982.

Ingrid Bergman en el lago Malaren

La editorial Schirmer/Mosel celebra su centenario con la publicación de Ingrid Bergman, A Life in Pictures. “No es sólo el retrato de una mujer, es también un recorrido por dos formas de arte que tienen poco más de vida que un siglo; el cine y la fotografía”, dice Isabella Rossellini, hija de la artista. Fotografías inéditas procedentes de archivos personales, foto fijas de rodajes, así como los retratos realizados por David Seymour o las fotos robadas por los paparazzi, sirven de repaso a toda una vida y 44 películas.

Ya de niña supo que quería ser actriz, mientras posaba para su padre, Justus Bergman, un fotógrafo sueco. Huérfana a los 13 años, siguió su camino dispuesta a vencer su timidez hasta convertirse en una actriz de éxito en Suecia y Alemania. No sin antes haberse casado con un dentista sueco. Así llegó a las puertas de Hollywood en 1939, para hacer una adaptación de Intermezzo (1939) junto a Leslie Howard. Allí le esperaba el productor David O. Selznick, quien intentó adaptar su belleza etérea a los estándares hollywoodienses. Ella se negó. No quiso cambiar sus dientes, ni sus cejas, ni su nariz; tampoco su nombre. Su naturalidad se convirtió en uno de sus atributos. Pero su éxito también tuvo que ver con una mezcla de honestidad, inteligencia y sensualidad.

“Vas a arruinar tu carrera intentando cambiar y hacer cosas distintas” le dijo el director de Casablanca, Michael Curtiz, al ver su desilusión por sentirse encasillada de nuevo en el papel de chica guapa. Sin embargo, fue el papel de Ilsa el que le lanzó al estrellato, demostrando su capacidad interpretativa, al enfrentarse a un papel en el que los guionistas aun no habían determinado en brazos de cual de sus dos enamorados iba a acabar. Más tarde sería una de las actrices fetiches de Alfred Hitchcock. “Ingrid, finge” le aconsejó el director, ante su queja de no poder interpretar una emoción.

Entre las 385 fotos que componen el libro destaca la reproducción de la carta que le enviaron los fotógrafos David Seymour y Robert Capa invitándola a cenar. La conservó hasta el final. Marcaba el comienzo de un amor imposible, el suyo con el intrépido Capa. Bergman se enamoró de su espíritu libre e independiente. Fue probablemente Capa quien le habló de Roma Ciudad abierta, la película del cineasta Roberto Rossellini. La actriz sueca no tardó en ofrecerse a trabajar con él. Y así llegó el escándalo. Bergman se enamoró del italiano, casado y con dos hijas, y se quedó embarazada durante el rodaje de Stromboli (1952). El mismo público americano que le había idolatrado, y había hecho de ella un símbolo de perfección moral, la rechazaba.

Su aventura italiana duró poco más de tres años. Volvió entonces a triunfar en suelo americano con su interpretación en Anastasia (1958) y a reanudar su vida amorosa con un productor de teatro sueco, Lars Schmidt. Durante casi medio siglo de interpretación, nos acostumbró “al brillo de la punta de su nariz, ese brillo típico de las actuaciones que no aparentan serlo en absoluto, si no que aparentan ser vivencias sin maquillaje”, tal y como la describió Graham Green en su crítica de Intermezzo.

Este mes hubiera cumplido cien años. Aquí os dejo algunas de las casi 400 fotografías inéditas de Ingrid Bergman.

Ingmar Bergman e Ingrid Bergman, en un cara a cara sobre el concepto de su papel en la Sonata de otoño, en 1977.


Ingrid Bergman visitó a los militares estadounidenses en Alaska durante cinco semanas a comienzos del año 1943, en una gira organizada por su marido Peter. A pesar de que supuso dejar sola a su familia durante las vacaciones, Ingrid y Peter lo vieron como un gesto natural de gratitud a un país que les había dado tanto. En puestos remotos en el norte congelado, Ingrid Bergman recitó pasajes de obras de teatro, cantó canciones suecas populares, firmó autógrafos, y comió y bailó con los hombres alistados. Finalmente, el frío hizo mella en ella y tuvo que abandonar la visita e ingresar en un hospital de Seattle con neumonía.


Gregory Peck e Ingrid Bergman disfrutan de un helado en el descanso de Recuerda en 1944. Comer helados era uno de los placeres culinarios que se permitía la estrella de cine de vez en cuando, haciendo una pausa de las estrictas dietas a las que se sometía.


Bergman y su familia disfrutan de un día en un barco al lado de Santa Marinella, Roma, en 1957.


Ingrid Bergman junto a su marido, el productor teatral sueco Lars Schmid con el que se casó en 1958.




Fuente: El País

martes, 27 de noviembre de 2012

Especial Casablanca 70 aniversario: el clásico


imagen: Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en una escena de 'Casablanca'
A principios de este año, cuando la revista mensual del Instituto Británico de Cine  Sight & Sound ha anunciado los resultados de su encuesta sobre las "mejores películas de todos los tiempos", los cinéfilos fueron sorprendidos al enterarse de que Citizen Kane había sido derribada de su pedestal en lo alto de la lista. La película más grande de todos los tiempos, de acuerdo a los centenares de críticos, programadores de festivales y otros no era el drama de Orson Welles sino la obra maestra  de Alfred Hitchcock, Vertigo .

Mientras que el resto de la lista del año 2012 del  BFI está compuesta por películas estándar, la excelencia y la legitimidad de los ganadores es apenas un tema de debate. Todos ellos son poderosos ejemplos  del arte del cine.

Pero ¿qué pasa con la mayor película de todos los tiempos? Una película, después de todo, generalmente se entiende como una creación que aspira a la categoría de arte.

Ahora es tan buen momento como cualquier otro para celebrar el aniversario de la mejor película jamás hecha: Casablanca . No hay otra película que haya superado la escritura, la actuación, la atmósfera, el romance, intriga y, por último, su ritmo absolutamente sublime. Elementos tan bien entrelazados que han mantenido el  duo Bogart-Bergman de  maravilla a lo largo del tiempo. 

Pero lo que diferencia a Casablanca aparte de otras películas de los años 40 es, en última instancia,  lo que podría llamarse su perfección accidental.

El ejemplo más obvio de la fortuna misteriosa de la película es su elenco impecable. Que la mayoría de los papeles principales fueron ocupados por los habituales de la Warner Bros.  (Bogart como el mercenario con una vena romántica, Rick Blaine; Sydney Greenstreet como el señor Ferrari alegremente amoral; Peter Lorre como Ugarte; Claude Rains como el resbaladizo y corrupto capitán Renault; Dooley Wilson como pianista de Rick, Sam, y así sucesivamente).

Ingrid Bergman , por su parte, que interpreta a la hermosa Ilsa Lund, trajo una sensibilidad europea a la parte que se siente sensual, en lugar de simplemente sexy. La forma en que actúa hace que se genere un calor que hace que sea dolorosamente obvio por qué Rick está loco por ella.

Y luego está la escritura. Basada en una obra de teatro no producida de Murray Burnett y Joan Alison, el guión de Casablanca fue escrito por los hermanos gemelos Julio y Philip Epstein, Howard Koch y el gran Casey Robinson (sin acreditar) que es un maestro del diálogo.

Más allá de las innumerables líneas individuales memorables de la película (Here’s looking at you, kid … Round up the usual suspects … Of all the gin joints in all the towns in all the world, she walks into mine … We’ll always have Paris …), el guión cuenta con una escena tras otra llena de diálogos que cualquier actor le encantaría pronunciar:

Renault: What in heaven’s name brought you to Casablanca? 
Rick: My health. I came to Casablanca for the waters.

Renault: The waters? What waters? We’re in the desert. 
Rick: I was misinformed.

Por último, destaca Michael Curtiz, que dirige aparentemente sin esfuerzo y a magnífico ritmo los 102 minutos de la película. El Curtiz, que nació en Budapest,  estuvo a cargo de varios de los espectáculos más populares de Hollywood en los años 30 y 40,  The Adventures of Robin Hood o Yankee Doodle Dandy, pero con Casablanca logró algo muy parecido a la magia. La película no es una simple aventura, hay escenas retrospectivas, encuentros clandestinos,  gestos heroicos, interludios musicales (incluyendo un canto de "La Marsellesa", que, después de todos estos años, todavía puede traer lágrimas a los ojos de cualquier persona), las traiciones, las reuniones, los nazis , disparos y  un poco de comedia pura y simple.

En el 70 aniversario de su estreno,  siempre nos quedará Casablanca .

http://entertainment.time.com

sábado, 24 de noviembre de 2012

Especial Casablanca 70 aniversario: curiosidades


Hoy queríamos repasar algunos secretos y curiosidades de Casablanca, aunque ya no queda mucho por desvelar. Todos hemos estado tantas veces en ese Rick’s Cafe que la Warner construyó en el plató nº 8 de sus estudios -y que en la Casablanca marroquí se tuvo que replicar para satisfacer a los turistas- que resulta difícil encontrar algún dato inédito sobre la película.


En la ficción, el local regentado por el cínico Rick Blaine era un punto de encuentro para refugiados que huían de la guerra en Europa, un lugar de paso que convertía el cabaret en un crisol en el que se mezclaban personas de distintas procedencias y condición. En la realidad, el equipo que trabajó en ese plató en el sofocante verano angelino de 1942 no era muy diferente. En total, había trabajadores de 34 países distintos, muchos de ellos refugiados europeos que rompieron a llorar nada más rodar la famosa escena de La Marsellesa.  Los húngaros Peter Lorre y Michael Curtiz, los ingleses Sydney Greenstreet y Claude Rains, el alemán Conrad Veidt… 

Humphrey Bogart

Siempre fue la primera opción para el papel de Rick. Aunque las hemerotecas lo desmientan. El 5 de enero de 1942, The Hollywood Reporter anunció que Ronald Reagan protagonizaría la película, pero en realidad sólo se trataba  de una estrategia publicitaria propia de la época, lo que se llamaban “castings especulativos”. La Warner sabía perfectamente que Reagan tenía que incorporarse a filas y que no podría hacer el papel. Es cierto que también sonó el nombre de George Raft, pero Bogart era el favorito de todos, a pesar de las reticencias de el gran jefe Jack Warner. “¿Quién querría besar a Bogart?”, cuenta la leyenda que preguntó al enterarse de la propuesta de casting.


Ingrid Bergman

La misma nota de prensa en la que se hablaba de Reagan como protagonista masculino mencionaba a Ann Sheridan como su partenaire. Sin embargo, en esta ocasión las posibilidades de Sheridan eran reales. Llegó a hacer una prueba, pero cuando el guión cambió y se decidió  que Ilsa Lund debía ser una intachable mujer noruega -Suecia estaba demasiado relacionada con Alemania-, saltaron a la palestra otros nombres como los de la austríaca Hedy Lamarr y la francesa Michelle Morgan. Entonces, alguien se acordó de la recién llegada a Hollywood Ingrid Bergman. A todos les encantó la propuesta, pero había un gran problema: Bergman tenía contrato con la Metro de David O. Selznick.


Para intentar convencerlo de que les alquilara sus servicios, los hermanos Epstein (dos de los guionistas de Casablanca) se presentaron en la mansión de Selznick a la hora de comer. ”Mira, Casablanca será una parida tipo Argel“, le espetaron al productor cuando ya no sabían qué más decir para persuadirlo. Entonces éste, al oír el nombre de una película que había sido un gran éxito, levantó por primera vez la vista de la sopa que estaba sorbiendo y accedió a alquilar a Bergman a la Warner por 25.000 dólares.


Paul Henreid

El tercer vértice del triángulo y el más difícil de conseguir. Paul Henreid fue desde el principio una de las principales opciones de Hal Wallis, el productor de la película. Sin embargo, Henreid aborrecía el papel de Victor Laszlo. “Es un personaje ridículo y más propio de una comedia musical”, opinaba el actor austríaco. Fue entonces cuando entró en juego la política. Con el estallido de la II Guerra Mundial, los actores de países enemigos, como era el caso de Henreid, necesitaban tener un contrato con algún estudio importante para no ser repatriados. Y si entre los papeles representados para ese estudio se encontraba el de un intachable rebelde que se enfrenta a los nazis, mejor que mejor. Las circunstancias, por tanto, acabaron arrojando a Henreid a los brazos de la Warner, aunque no sin antes haber solicitado un jugoso sueldo y ser incluido en los créditos al mismo nivel que Bogart y Bergman.


fuente: www.canaltcm.com


lunes, 5 de noviembre de 2012

¿Secuela de Casablanca 70 años después?

 ¿Qué pasó con Ilsa y Rick ? pregunta que ha fascinado al público desde que Casablanca se estrenó en Nueva York hace 70 años.

Según informa el New York Post, la Warner Bros. planea una secuela de la cinta, una obra maestra nacida de un rodaje caótico en el que el guión se improvisaba día a día. Para los amantes del cine, Casablanca es una película obligada. Este clásico de 1942, protagonizado por Bogart y Bergman tiene tres Oscar y ha sido reconocida como la película con el guión mejor escrito  por el Gremio de Escritores de América. 

Casablanca se estrenó con gala -con un desfile militar- en el Día de Acción de Gracias de 1942 en el antiguo Teatro Warner Hollywood en West 52nd Street (ahora la iglesia de Times Square).


 Cuando el capitán Renault (Claude Rains) presiente al final de Casablanca que su relación con Rick (Humphrey Bogart) podría ser el comienzo de una hermosa amistad, no imaginaba que setenta años después ambos pudieran volver a reunirse. Ilsa (Ingrid Bergman) también deja alguna pista en otra de las frases míticas de la película de Michael Curtiz: «Bésame, bésame como si fuera la última vez». Esa forma condicional denotaba que ella sabía que en realidad acabaría por llegar una continuación. 


Cass Warner, nieta de uno de los fudnadores de la compañía, Harry Warner, parece empeñada en sacar el viejo proyecto adelante. Como es natural, casi desde el momento en que Casablanca se convirtió en un éxito, empezó a hablarse de producir una segunda parte, e incluso se trabajó durante años con el título provisional de Brazzaville. François Truffaut fue uno de los nombres que sonaron para dirigir la continuación, pero el director de Los 400 golpes rehusó en los años setenta; al parecer, su cinefilia le impedía mancillar el nombre de un título de culto.

Lo más cercana que estuvo de tener una secuela en la gran pantalla fue  con Pasaje a Marsella, de 1944 protagonizada por Bogart como periodista francés que escapa a la Isla del Diablo para combatir a los nazis. El elenco incluye a los veteranos Rains, Sydney Greenstreet y Peter Lorre.

Otras películas fueron consideradasd secuelas indirectas del amor imposible entre Elsa y Rick, como la casi abominable Cabo Blanco, de  J. Lee Thompson, o la fallida Habana, pese a que su director era el gran Sydney Pollack y estaba protagonizada por Robert Redford. Los más afortunados fueron sin duda los hermanos Marx con Una noche en Casablanca, que les costó un divertido pleito con la Warner. El genial Groucho zanjó la disputa amenazando a la compañía con querellarse por la utilización de la palabra Hermanos («Brothers»), ya que los Warner eran posteriores a los Marx, «y aún antes se encontraban los hermanos Karamazov». Pero esa es otra historia.

Para la hipotética secuela de Casablanca ya habría incluso un guión. Según cuenta el Huffington Post, Cass Warner asistió en 1988 a una clase de guión de Howard Koch, fallecido autor del libreto de la cinta de Curtiz. En aquella sesión se habló de un guión que el propio Koch había preparado 30 años antes. Hace unos meses recuperaron la idea y ahora solo están buscando a un cineasta solvente que pueda hacerse cargo del proyecto.

Según la idea original de Koch, en esta continuación Elsa y Laszlo tratarían de encontrar de nuevo a Rick y a Renault. La causa es que cuando Elsa huye de la ciudad africana, descubre que está embarazada y que el verdadero padre no es su marido, sino Rick.  Richard, crece en los Estados Unidos, pero como sus padres son tan íntegros, le cuentan la verdad al niño, que cuando tiene la edad suficiente se lanza a buscar a su verdadero progenitor.


Del reparto poco se sabe, pero ya suena incluso el nombre de Joseph Gordon-Levitt (Origen) para uno de los papeles principales.





Fuente: ABC
http://www.huffingtonpost.com

sábado, 20 de octubre de 2012

Los que rechazaron el Oscar


De entre todos aquellos que rechazaron el Oscar, el más recordado de todos fue el espectaculo que montó Marlon Brando en 1973, cuando ganó el Oscar por El padrino y envió a recogerlo a una  nativa cheyenne para protestar por el trato que el cine daba a los indios americanos.  Hay que tener en cuenta que Brando ya amenazó 20 años atrás con mandar a un taxista a recoger el Oscar en caso de que lo ganase por Un tranvía llamado deseo.

Marlon Brando, en 1955,  Oscar  por«La ley del silencio»

 Aquellos fueron tiempos difíciles para la Academia, pues en 1971, George C. Scott prefirió ver hockey por televisión antes que aceptar su estatuilla por Patoon y asistir a «dos horas de desfile de carne y ostentación», tal y como calificó a la ceremonia en numerosas ocasiones.

El escaqueo descarado también ha sido una estrategia de desprecio usada en numerosas ocasiones: la vibrante e ineludible jornada de pesca de John Ford para dejar huérfana su estauilla por Las uvas de la ira en 1941, pasando por las sagradas vacaciones de Katharine Hepburn para perderse la recogida de alguno de los cuatro Oscar que ganó a lo largo de su carrera o el desplante a la Academia de Ingrid Bergman cuando ganó su Oscar/redención después de siete años de exilio. 

Ford cambió el esmoquin por la caña de pescar en alguna ceremonia


Otras veces la ausencia está justificada por causas personales: Paul Newman, harto de humillaciones, se perdió su momento de gloria en 1987 al ganar finalmente con El color del dinero o por motivos laborales, como el concierto en Australia de Bob Dylan que le impidió recoger su Oscar por Jóvenes prodigiosos, aunque nos regaló una surrealista y divertida conexión vía satélite que dejó atónito incluso al presentador de la gala, Steve Martin. Elizabeth Taylor advirtió de que si no se premiaba a Richard Burton por Quien teme a Virginia Woolf ella tampoco recogería su estatuilla, y así fue, el Oscar lo recogió Anne Bancroft en su nombre.


Y, en otras ocasiones, el orgullo y la vanidad de los premiados hacen el resto: al Nobel George Bernard Shaw se le encendieron sus venerables barbas cuando supo que había ganado en 1938 por su guión de Pigmalión («Me parece insultante, es como si le diesen un premio al rey de Inglaterra por ser rey», exclamó ofendido), y el año pasado el octogenario Jean-Luc Godard se ahorró un viaje transoceánico para recoger su premio honorífico aduciendo que «no son los Oscar de verdad». En el otro extremo de la balanza está el solidario caso del guionista Dudley Nichols, que rechazó su Oscar por «The informer» en 1935 para apoyar a su colectivo, en plena huelga.

Jean-Luc Godard decidió ignorar la «pedrea» de su Oscar honorífico

 Aunque quien se pasó tres pueblos de verdad fue John Lee Mahin, nominado por el guión de Capitanes intrépidos en 1938, y que llamó a la Academia «institución comunista». Y no olvidemos otra forma poco sutil de repudiar un Oscar: deshacerse de él, sin venderlo a la Academia por un dólar, como rezan las normas internas. Este mismo año se han subastado más de 15 estatuillas, incluyendo pedazos de historia del cine como el Oscar de Herman Mankiewicz al mejor guión por Ciudadano Kane, el de mejor película a Qué verde era mi valle o el ganado por Michael Curtiz en Casablanca. Y si en este tipo de negocios hay un vendedor, siempre tiene que haber un comprado: por ejemplo, Steven Spielberg, que ha comprado hasta la fecha dos Oscar: uno de Clark Gable y otro de Bette Davis


fuente: ABC

viernes, 8 de junio de 2012

Sabado, 9 junio con ABC: Casablanca


Hace mucho que «Casablanca» dejó de ser una película para convertirse en un auténtico acto de fe o, lanzando un órdago a la grande.

¿Cómo es posible que un guión escrito de forma improvisada en el plató se haya convertido en toda una «biblia» para espectadores, cinéfilos y el común de los mortales en general? ¿Y que un filme nacido de una obrita teatral llamada «Everybody comes to Rick's» haya desafiado sin despeinarse el paso del tiempo, modas, tendencias y hasta algunas interpretaciones retorcidas para encaramarse al panteón eterno de la historia del cine? ¿Y su música? ¿Y su nobleza de sentimientos? ¿Y el rostro de Ingrid Bergman? ¿Y el final? ¿Y...?

Casi todo es milagroso y bendito en este dramón repleto de flashes, y frases, imborrables y que, pese a sus múltiples visionados (y algunos gazapos), no nos cansamos de ver.

Por cierto, ahí tienen la definición de tipo con suerte: alguien que, quizá procedente del Marte que cantó Ray Bradbury, se enfrente mañana a su «primera vez» gracias al DVD de ABC. Y un recordatorio sobre la fina línea entre lo sublime y lo ridículo: Ronald Reagan estuvo a «esto» de protagonizarla...

FUENTE: ABC